proximación a la Historia de la Semana Santa en las Diócesis de Cádiz y Jerez en la época moderna y contemporánea.
A) Cuestiones generales.
B) Problemas Metodológicos.
C) Evolución Histórica.
1.- Orígenes y primeras hermandades
2.- La Semana Santa en el siglo XVII y primera mitad del XVIII
3.- La Semana Santa y la Ilustración
4.- El siglo XIX
5.- El siglo XX

Este breve artículo tiene como
objetivo fundamental ofrecer una panorámica genérica sobre el estado actual de
los conocimientos relativos a la historia de la Semana Santa de la provincia de
Cádiz, que tiene su base en la labor de coordinación que hace unos años tuve
la oportunidad de realizar con ocasión de una obra interdisciplinar sobre esta
materia .
No pretende ser exhaustivo, sino indicador de líneas a
seguir en la investigación. Igualmente planteará hipótesis de trabajo a tenor
de los datos que se poseen y, por último, establecerá a lo largo de la
exposición algunas conclusiones metodológicas y de contenido.

A) Cuestiones generales
Se hace precisa una distinción previa referida a la
división eclesiástica de las diócesis de Cádiz y Jerez de la Frontera, que
es fundamental en la comprensión del desarrollo histórico de la Semana Santa y
las cofradías. Así Jerez, diócesis recientemente erigida tras desgajarse de
Sevilla, ha estado siempre muy unida a la capital hispalense, su metrópoli y la
influencia de su Semana Santa es clara, aunque se constata una singular
idiosincrasia jerezana en diversos aspectos que habría que concretar más.
De todas formas es innegable la influencia sevillana en ambas
diócesis, pero en la época actual resulta todavía más patente si cabe tanto
en la estética procesional como en la vida de las hermandades: organización
interna, fines concretos..aunque en los últimos años se observa una mayor conciencia
de los valores propios.
En esta breve exposición es mi intento comenzar con esa
etapa clave de la segunda mitad del siglo XVIII que introduce la Semana Santa
contemporánea en las dos diócesis, con la crisis abierta por las medidas
ilustradas frente a cofradías y procesiones. En esta cuestión he de
circunscribirme casi exclusivamente al caso de Jerez por hallarse mejor
documentado y, al mismo tiempo, haber sido estudiado de forma genérica
estableciendo síntesis integradora de los datos individuales de varias
corporaciones, extremo éste que no ocurre en Cádiz, puesto que los estudios
son preferentemente monográficos .
En el siglo XIX aportaré notas definitorias de una época
mal estudiada hasta el presente y muy confusa en el ámbito de la Semana Santa.
Respecto al siglo XX, las circunstancias se repiten, puesto
que las investigaciones no profundizan en las fuentes respecto a los momentos de
la II República, Guerra Civil y Posguerra, éste último con la dificultad
añadida de la escasa perspectiva histórica.

B) Problemas metodológicos
Realmente existe escasa bibliografía documentada acerca de
la historia de la Semana Santa y de las hermandades y cofradías de la provincia
de Cádiz, tanto globalmente como en lo referente a estudios locales.
Se apercibe precisamente que esta bibliografía existente es
acometida en su mayor parte por investigadores no cualificados, generalmente
cofrades o eruditos locales con más voluntad que conocimiento y metodología
científica, si bien es cierto que existen muy honrosas excepciones, sobre todo
en las ciudades cabeceras de las diócesis; Cádiz y Jerez, en las que se
realizan trabajos muy serios de análisis e interpretación de documentos. En
este sentido hay que destacar a Repetto Betes en Jerez que ha desarrollado un
importante trabajo en que establece el estado actual de los conocimientos a
partir de una documentación inédita y muy significativa, que abre nuevos
caminos de investigación y aporta no pocos datos de interés para conocer
aspectos hasta ahora un tanto oscuros en la Semana Santa de otras poblaciones,
entre ellas, Sevilla.
Todo esto es sintomático de la poca atención que el
historiador ha dedicado hasta hace pocos años al campo de la religiosidad
popular gaditana y, en general, andaluza. Ello conlleva indudables factores
negativos:
-
Escasa objetividad de los planteamientos al ser los mismos
cofrades los autores de los estudios históricos
con escasa preparación, interpretando acontecimientos
desde perspectivas institucionales e incluso obviando otros
no favorables.
-
Existencia de prejuicios que parcializan la historia en pro de determinados intereses y que condicionan los estudios
y la selección documental, si existe.
-
Escasa base documental y, cuando la hay, se da una
incapacidad propia del no historiador para extraer toda la información posible, limitándose ésta a resaltar los
hechos significativos, las realizaciones y los cofrades
beneméritos. De esta manera, el trabajo que resulta se
encamina más a una relación de hechos que no es expresiva.
-
No existe, en general, un interés entre los cofrades por
realizar estudios históricos con una metodología
científica y sistemática. Parece detectarse como una
conformidad con la historia positiva propia del siglo XIX, claramente parcial y
apologista.
-
No se establecen estudios generales sobre Semana Santa, ni
siquiera locales, sino que fundamentalmente se escriben sólo monográficos de
hermandades concretas.
Sería necesaria el trabajo de equipo entre historiadores
para realizar un estudio sistemático en los fondos documentales generales y
particulares a fin de establecer un primer estado de la cuestión que permitiese
en gran medida objetivar un tema del que muchos se sienten capaces de escribir,
pero del que se conoce poco en profundidad.
La obra que sobre la Semana Santa de las diócesis de Cádiz
y Jerez tuve la oportunidad de coordinar supuso una panorámica general de este
fenómeno desde diversos aspectos: histórico, artístico,
antropológico...realizada por un muy numeroso elenco de autores, casi todos
relacionados con la Semana Santa y las cofradías y naturales de la población
de la que escriben. Con esta publicación creo que se logró un acercamiento
fidedigno a la celebración con sus peculiaridades y la forma de entender la
religiosidad popular. Ciertamente esta circunstancia, inevitable por la premura
editorial y la carencia de medios, conlleva los factores negativos ya indicados,
pero no cabe duda de que se trata de un paso necesario a fin de obtener una base
para el posterior estudio científico, previo examen crítico del que este
artículo quiere ser un avance.

C) Evolución histórica
A la hora de plantear una síntesis actualizada del estado de
la cuestión se tropieza con la dificultad de encontrar estudios generales sobre
este tema, pues se incide casi exclusivamente en los monográficos dedicados a
hermandades concretas. Esta ha sido una práctica frecuente en la
historiografía de la Semana Santa andaluza, aunque recientemente el trabajo de
coordinación de Elías de Mateo en Málaga y un grupo de historiadores en
Sevilla han iniciado un camino decisivo en este sentido.

1.- Orígenes y primeras hermandades
Las fuentes bibliográficas no aportan testimonios
documentales solventes de cofradías penitenciales anteriores al siglo XVI,
aunque es innegable la celebración de vía crucis cuaresmales y en la propia
semana pasional de manera espontánea, con una mínima organización a cargo de
agrupaciones de devotos ya desde el siglo XIV y sobre todo el XV, iniciadores
del fenómeno de la religiosidad pasionista moderna que, tras las misiones
apostólicas de las órdenes mendicantes -en especial, franciscanos- adquiere
una personalidad propia entre la base popular así como una autonomía
consentida por la jerarquía eclesiástica aunque pronto, en aras de una sujeción
más efectiva a este fenómeno, decretara medidas de control muy
específicas y formalizara la erección de estas asociaciones devocionales como
hermandades, aunque ya de facto contaban con una incipiente organización.
Las primeras hermandades
penitenciales en sus advocaciones, destacando las de la Vera Cruz, Jesús
Nazareno y Santo Entierro, de las que se tienen ya noticias ya en el siglo XVI.
Las de la Vera Cruz tienen su origen en los conventos de la orden de San
Francisco, muy extendidos por la provincia y cuyos frailes, como queda indicado,
fueron grandes difusores del uso penitencial. Caben destacar a las hermandades
de Arcos de la Frontera o El Puerto de Santa María, de principios de siglo
(1505), la de negros de Sanlúcar (1525) o la de Jerez (1542).
En Jerez capital hay un mayor
número de hermandades que surgen en esta época, pero en el resto de pueblos y
ciudades de la diócesis no ocurre así, al menos en función de la
documentación hasta el presente consultada. Aunque fundamentalmente las
hermandades se nutren de laicos, es significativo detallar la existencia de una
hermandad clerical denominada del Perdón en Arcos de la Frontera con
veinticuatro sacerdotes numerarios que rigen la corporación.

2. La Semana Santa
en el siglo XVII y primera mitad del XVIII
En el siglo XVII se generalizan las
hermandades y cofradías en las dos actuales diócesis y comienzan a
configurarse las bases de las celebraciones penitenciales en la Semana Santa en
el aspecto externo así como la personalidad jurídica esencial de las
corporaciones. Pero es ya en el siglo XVIII cuando se consolidan tanto la
estructura de las hermandades como la de las procesiones de Semana Santa, que
adquieren su canon definitivo, detectándose una etapa de indudable apogeo.
Quisiera referirme en este período
a las grandes ceremonias generales que tenían lugar durante la Semana Santa y
que eran vividas por el pueblo con espíritu de unidad cofradiera,
independientemente de las estaciones de cofradías concretas. Actos de indudable
semejanza se hallan documentados en Sevilla en el siglo XVI. En Jerez, por
ejemplo, se constatan en el siglo XVIII tres grandes ceremonias: Las Tres
Caídas, el Descendimiento y la procesión del Santo Entierro. Las dos primeras
tenían efecto durante las estaciones penitenciales de las hermandades del
Nazareno y de la Piedad y son claramente relacionables con la del Nazareno de
Sevilla la primera y con la ceremonia del Calvario que se llevaba a cabo en el
barrio de los Humeros, la segunda. En Rota se celebraba una procesión del
Nazareno con Via Crucis y Sermón de Pasión.
Este tipo de ceremonias, muy
imbuídas del espíritu efectista del Barroco, revelan sin duda reminiscencias
de lo que fueron los orígenes de la propia Semana Santa moderna, antes incluso
de las procesiones penitenciales más primitivas y, por supuesto, las
específicamente barrocas con sus pasos de Misterio, que de alguna manera
plasman esculturalmente estas ceremonias así como las antiguas escenificaciones
sacras, a las que aquí no nos referiremos. Huellas de estas ceremonias se
detectan todavía en poblaciones muy concretas de España como Bercianos de
Aliste (Zamora). En Jerez, a diferencia de Sevilla en donde son prohibidas a
principios del siglo XVII, van a pervivir incluso en el XIX unidas al resto de
las procesiones en una significativa simbiosis popular y particular de la Semana
Santa y las cofradías.
Según Repetto, las cofradías
jerezanas no realizaban la estación penitencial -antes de nuestra época a
estudio- a un sólo lugar, sino que visitaban siete iglesias, entre ellas la
entonces Colegial, con el objetivo de ganar las indulgencias concedidas para las
visitas a los Sagrarios. Esta situación se mantendrá hasta que las medidas
ilustradas de la segunda mitad del XVIII centralicen las estaciones únicamente
a la Colegial. No obstante, Repetto no aduce ningún documento justificativo
tanto más cuanto que en la sede metropolitana desde 1604 era obligada la
estación a la Catedral de las cofradías de Sevilla y a la parroquia de Santa
Ana las de Triana. Puede parecer un tanto extraño que en Jerez se siguiera
permitiendo esta práctica de los siete sagrarios que también era común en
Sevilla hasta la citada fecha. Ciertamente quizá la situación de inflación
que se registraba en Sevilla no se producía en Jerez y no había razón
pastoral para la inmediata centralización, pero no está claro tampoco este
extremo. Quizá habría que investigar más sobre este punto, tratando de
rescatar Reglas posteriores a los primeros años del siglo XVII y anteriores a
las citadas medidas ilustradas (aunque es preciso también aclarar que desde
1695 la Colegial estaba cerrada al culto).
Todo ello es importante pues se
podría establecer el grado de control de la autoridad eclesiástica sobre estas
procesiones y si en Jerez, como estimo, tuvieron real incidencia las
disposiciones sinodales de Rodrigo de Castro y Niño de Guevara. Nada de todo
este asunto se detalla hasta las normativas ilustradas de la segunda mitad del
siglo XVIII y eso hace que resulte difícil enmarcarlas en su justa
apreciación.

3.- La Semana Santa y la Ilustración
Es constatable la existencia de
impugnadores de las procesiones de Semana Santa y de las propias cofradías
entre el clero en el último tercio del siglo XVIII que plantean continuas
denuncias ante el gobierno ilustrado acerca de la indignidad de las mismas, su
irracionalidad, claras reminiscencias supersticiosas, inutilidad...y abogando
por una purificación radical de tales prácticas. El poder civil se involucra
directamente en la esfera religiosa y eclesiástica en el marco de los esquemas
regalistas de la época y establece diversas disposiciones de control directo
sobre instituciones eclesiales y, entre ellas, las hermandades y cofradías, a
las que obliga a presentar Reglas ante el ordinario gubernamental del Consejo de
Castilla para su aprobación, proceso que culmina en 1783 con una Real Orden
suprimiendo a todas aquellas que no cumplan estos requisitos.
En el caso de Jerez, que es el más
documentado, este clero refractario a la religiosidad popular asume un papel
relevante en la figura del Vicario Manuel María Pérez, unido a una actitud
tempranamente categórica del Consejo de Castilla extinguiendo las cofradías 12
años antes que en Sevilla y la generalidad de la nación; si bien es cierto que
el informe previo y negativo de Olavide fue coetáneo a estos hechos.
Ciertamente se observa la existencia
de relajación y abusos en este tipo de manifestaciones de religiosidad, lo cual
no constituye una novedad (ya a principios del siglo XVII en Sevilla, Niño de
Guevara las resaltaba en los cánones del sínodo de 1604), pero sí contrastaba
con las ideas ilustradas. El Barroco pervivía entre el pueblo, pero sus
manifestaciones religiosas se iban tornando huecas y superficiales. La
religión, poco a poco, va dejando ser la única instancia ideológica entre el
pueblo, y la cotidianidad tiende a desaparecer. Es sintomático el caso de los
rosarios en Sevilla, generadores de continuos disturbios o el del alquiler de
flagelantes en las procesiones de sangre, tratando de mantenerse una apariencia,
una estética que iba dejando de ser real.
Con esto no quiero decir que este
tipo de religiosidad dejara de tener arraigo en el pueblo, sino que era precisa
una renovación de estas prácticas. En este sentido, por ejemplo, el rosario de
la aurora sustituye espontáneamente a las procesiones nocturnas, excesivamente
recargadas. Resulta evidente que el pueblo de Jerez sentía como algo propio las
procesiones seculares de Semana Santa porque constituía una parte integrante de
sus cofradías y participaba activamente en su celebración. Los abusos y
corruptelas se constatan como ciertos y se tenía conciencia de ellos, aunque en
modo alguno se consideraban índices de una degeneración del fenómeno. Hay que
pensar en este sentido que estos abusos fueron magnificados por determinados
sectores ilustrados en el poder civil y en el ámbito curial diocesano con el
fin inequívoco de renovar desde el Estado estas prácticas que eran rémoras de
una religiosidad barroca que perjudicaba el "bienestar" del pueblo. Es
el paternalismo propio del Despotismo Ilustrado que, muchas veces sin analizar
ni comprender suficientemente esta religiosidad popular, trataba de anularla
desde la fuerza de la ley. Necesariamente una política así habría de
fracasar, aunque en el caso de Jerez apareciera como un logro oficial. De hecho,
resulta extraño que, casi sin mediar informes, se extingan las cofradías. No
resulta fácil comprender que, pese a la resistencia popular, las autoridades
oficiales pudieran conseguir con relativa facilidad sus propósitos y que las
cofradías terminaran plegándose e iniciando una clarísima decadencia tras la
crisis. La figura de Pérez concuerda perfectamente con la del alto clero
ilustrado de Córdoba o Sevilla.
Mientras que en Sevilla las
cofradías afrontan el problema y la disposición civil no pasa de ser un
trámite jurídico ante un decreto más oficial que efectivo y continuaron
desarrollando casi sin traumas su vida activa, en Jerez parece ser que esto no
pudo ser posible. Se hace lógico pensar en una cierta decadencia dentro del
ámbito cofrade que no pudo resistir esta presión. Cabe decir así que unos
años después de la supresión, hermandades como la Vera Cruz o el Nazareno
salvan sin muchas dificultades las trabas jurídicas. No obstante, el hecho de
prohibir las cofradías no significó que dejaran de celebrarse las procesiones
de Semana Santa. Aunque resulte algo paradójico es perfectamente constatable.
Se trata de mantener la celebración dada su popularidad y raigambre, pero
eliminando a las hermandades, que son asociaciones ilegales a la luz de las
disposiciones oficiales del Consejo de Castilla...aunque lo cierto y verdad es
que eran los propios cofrades de cada hermandad los que seguían organizando las
procesiones, aunque sin identidad corporativa alguna. Evidentemente las
procesiones de Semana Santa eran algo connatural al pueblo y no resultaba
prudente suspenderlas, por lo que se optó por suprimir a las instituciones que
conformaban esta religiosidad, tratando de privar a estas manifestaciones de una
estructura organizativa e ideológica que no parecía a las autoridades
congruente con la religión "utilitaria" que convenía a las gentes.
Me inclino a pensar, concluyendo,
que estas medidas ilustradas coinciden con una grave crisis de la religiosidad
popular, que es general en Andalucía dentro de una fase de transición hasta
asentarse de nuevo en una sociedad cambiante y en búsqueda asimismo de una
nueva configuración en su estructura socio-económica, política y mental. No
existen datos muy concretos sobre otras poblaciones gaditanas, ni en el mismo
Cádiz, pero estimo que la situación no debió no debió ser muy diferente,
aunque sin la radicalidad de Jerez. Así la Hermandad de la Vera Cruz en Cádiz,
que había atravesado un gran período de expansión en el siglo XVIII, se
debilita notablemente en sus años finales y prácticamente se extingue. En el
propio ámbito de Jerez, Arcos de la Frontera, la incidencia tuvo lugar a partir
de 1783, es decir, que no le afectaron las disposiciones de 1772 sobre Jerez y
sus consecuencias no fueron determinantes, pues aunque fueron disueltas dos
hermandades, no tardaron éstas en superar la situación.
Comienza así la contemporaneidad
para la Semana Santa, con una evidente inquietud entre las cofradías, pero en
la misma línea de arraigo popular del Barroco.

4.- El siglo XIX
Se trata de un período de
transición en donde las cofradías se asientan en la nueva sociedad que, sin
embargo, permanece bastante identificada con ellas, a pesar de algunas etapas
críticas, como se verá. Hay una dependencia ciertamente estrecha de las
cofradías respecto del ordinario civil, originándose casos aparentemente
extraños en los que la restauración de una cofradía la lleve a efecto la
disposición de un alcalde, que aprueba sus Reglas; ciertamente su situación
jurídica no fue totalmente conforme hasta que se produjo la confirmación de la
autoridad eclesiástica, pero lo cierto fue que la primera disposición civil
hizo posible su vida activa. Fue el caso de la Hermandad de la Vera Cruz de
Cádiz en 1845.
En los primeros años de este siglo
se asiste a un cierto mantenimiento de la situación de decadencia de finales
del XVIII. La invasión napoleónica incide en esta crisis. En San Fernando se
constata que la Hermandad de la Expiración se extingue voluntariamente ante el
hecho de que todos los miembros de su junta de gobierno decidieran incorporarse
a la lucha armada contra los franceses y es que se trataba de una corporación
donde los cofrades más representativos pertenecían a la nobleza de la Armada.
A partir de los años 20, en
coincidencia con el Trienio Liberal, se emiten una serie de nuevas medidas
restrictivas, a las que se unen las campañas desamortizadoras posteriores, que
afectan a no pocas sedes canónicas de hermandades.
A mediados de la centuria se observa
una tímida revitalización. Es la época en la que el alcalde de Jerez aprueba
las Reglas del Nazareno y se restaura la cofradía del Mayor Dolor y en Cádiz
la Vera Cruz y Columna y Azotes. En el ámbito nacional se firma el Concordato
con la Santa Sede por el gobierno liberal. Se documenta igualmente la
celebración de las ceremonias de las Tres Caídas, Descendimiento y Sermón de
Pasión por la Hermandad del Desconsuelo de Jerez. Tras este período, se
produce la coyuntura relacionada con la Revolución de 1868. En Cádiz ninguna
cofradía realizó estación salvo la de Jesús Nazareno.
Tras este intervalo, el último
tercio de siglo experimenta la reorganización generalizada de las cofradías y
de la Semana Santa que continuará hasta los años 20 del presente siglo.
Respecto a esta época hay que señalar en primer lugar el hecho de que la
jerarquía eclesiástica recupera el control efectivo de las cofradías. Así en
Cádiz, el obispo Catalán y Arbosa intenta revitalizar el culto externo en
1881, lográndose la recuperación de diversas procesiones de Semana Santa. Por
otra parte, el cardenal Spínola, arzobispo de Sevilla, emprende una labor de
reordenación de estas instituciones, sometiéndolas más directamente a su
autoridad. Es como una reasunción de competencias perdidas tras un largo
período de omisión en favor del regalismo del poder civil. Todo ello se recoge
en una circular de 1899 publicada en el Boletín del Arzobispado. LO cierto y
verdad es que coincide esta revitalización cofradiera con la intervención
efectiva de la autoridad eclesiástica. De hecho, el clero interviene
activamente en esta etapa, siendo incluso co-fundadores o co-restauradores de
varias hermandades.
Por otro lado, según Repetto,
parece observarse una reactivación de las hermandades con el único objeto de
la salida procesional, es decir, serían sólo asociaciones procesionales y lo
achaca a las medidas ilustradas del XVIII. Es difícil precisar tal aserto. En
Cádiz se detecta un fenómeno parecido cuando en 1889 se constituye una junta
de priostes y mayordomos que pidieron apoyo económico al vecindario, recibiendo
el de las autoridades civiles. Se crea así la Junta de Procesiones. Habría que
estudiar mejor las hermandades y comprobar si realmente no existía una vida
interna o simplemente que se dedicaba una atención especial a la procesión de
Semana Santa, que en Cádiz se nutre de elementos alegóricos, con lo que parece
que esta última opción puede ser válida, incluso desde el punto de vista de
Repetto, aunque el caso de Jerez es diferente.
Es ya observable una paulatina
recuperación de las cofradías tras una larga transición, que salvo la
coyuntura de la Guerra Civil irá en aumento. Al igual que el absolutismo
ilustrado, los gobiernos liberales desarrollarán una política diversa respecto
a las cofradías, predominando el intervencionismo, sin que esto signifique un
cambio de postura del Estado respecto a ellas, sino que se continua en la línea
ilustrada de laicización de la sociedad; sólo que con los liberales la Iglesia
pasa de sometida o aliada incondicional a estar separada de hecho del poder,
detectándose una actitud contraria que prende en parte del pueblo, sobre todo
en las capas más humildes y en el incipiente proletariado, que es el
anticlericalismo, que va a afectar también a las cofradías por el clima de
temor que provoca en los ámbitos eclesiales y que se hacen palpables en los
momentos de radicalización de los partidos progresistas y en la Revolución de
1868, preludiando los acontecimientos posteriores de la II República.

5.- El siglo XX
En la época contemporánea es el
siglo XX el de mayor apogeo del fenómeno cofradiero y de la Semana Santa, al
menos desde un punto de vista cuantitativo, con una creciente masificación que
tiende hoy en día a desvirtuar el sentido de la celebración y que es
consecuencia de un proceso paulatino motivado en parte por una serie de
coyunturas favorables objetivamente.
Así, tras un resurgir y
mantenimiento en los años 20, el fenómeno parece declinar un tanto y
aletargarse durante la II República por factores coyunturales bien tristes como
asaltos o persecuciones a edificios y personas relacionadas con la Iglesia y
subjetivos derivados de aquellos. No obstante, tras una incertidumbre y temor
justificados, las cofradías vuelven de nuevo a salir en los años anteriores a
1936, interrumpiéndose este año, pero no los siguientes al integrarse la
provincia de Cádiz muy pronto en el territorio de las tropas de Franco.
Habría que profundizar en las
circunstancias de esta época en relación con las cofradías. Es esa cuestión
del miedo real que se palpaba entre los cofrades y que ha analizado en el caso
de Sevilla el profesor Domínguez León y que está relacionado con la cuestión
política. Siempre he pensado que las cofradías están bien arraigadas en el
pueblo y no suelen actuar al dictado de ideologías por cuanto su base es
heterogénea socialmente. Esto no quiere decir que sus dirigentes no lo pudieran
hacer, lo que se puede constatar, como también que cofrades bien caracterizados
contrastasen en ideología con los que forman la junta de gobierno de su
cofradía. Gracias a ello, ha sido posible su secular pervivencia en las más
adversas condiciones. Tampoco quiero decir que no se vieran utilizadas por estas
mismas ideologías, incluso en propagandas políticas de la época de la II
República y Guerra Civil. Desgraciadamente los trabajos de la Semana Santa de
Cádiz y Jerez no insisten en este período y se limitan a narrar los hechos
lastimosos de muchas cofradías afectadas e imágenes y enseres por asaltos a
sus sedes, que fueron numerosos. Pueden igualmente señalarse casos puntuales en
el aspecto negativo tales como el de los nazarenos de la Hermandad de la Buena
Muerte de Cádiz que hubieron de soportar que en parte de su itinerario les
colocaran tachuelas en las calles a sabiendas de que la mayoría iban
descalzos...o el triste suceso ocurrido en Sanlúcar de Barrameda donde las
procesiones y sus integrantes fueron perseguidos a pedradas por las calles.
Tras la ocupación de las tropas de
Franco y, sobre todo, a partir de la terminación de la Guerra, se vive un clima
exacerbado de nacional-catolicismo que impregna todas las facetas de la vida
ordinaria. Es muy importante el número de cofradías que tienen su origen en
los años 40 igualando al de las antiguas. El ambiente se hace propicio para
estas nuevas fundaciones o restauraciones en una Semana Santa que adquiere
pomposo realce.
La antigua alianza entre el trono y
el altar parece reverdecer por el apoyo de la jerarquía católica al régimen
de Franco tanto en la Guerra (que es declarada como Cruzada por la inmensa
mayoría de los obispos) como en la posguerra. Las cofradías también se
involucran en esta dinámica y es general la asistencia de autoridades civiles y
militares a las procesiones ocupando lugares de preeminencia así como con la
concesión de cargos honoríficos. Se trata de un tipo de hermandad
excesivamente orientada hacia lo externo en pro de esa religiosidad un tanto
sociológica que se vive en estos momentos tras una contienda fratricida.
Un fenómeno derivado de este
nacional-catolicismo fue el que tuvo lugar en Cádiz y también en otras
poblaciones en los años 50 cuando las cofradías atravesaron una grave crisis
económica que hacía peligrar las salidas procesionales. Se generó entonces
una campaña de concienciación pública en la que intervinieron activamente los
poderes civiles y económicos, organizándose una especie de patronatos
dirigidos por entidades gubernamentales, empresa, sindicatos y también cuerpos
militares. Así, por ejemplo, en La Línea de la Concepción una hermandad
estaba integrada en la Real Balompédica Linense.
Este incremento de procesiones
continua en los años posteriores tanto en las capitales de las diócesis como
en el resto de las poblaciones hasta asentarse en los años 60 y 70, aunque en
la actualidad sigue muy viva la inquietud de fundar nuevas cofradías, pero ya
las motivaciones son mucho más variadas, observándose un mayor incremento de
la espiritualidad interna, de la vida activa durante todo el año, mayor
dedicación a la formación, catequesis y obras asistenciales...y todo esto hay
que relacionarlo con el influjo renovador del Concilio Vaticano II y sus
aplicaciones concretas en las diócesis a estudio que si, en un principio,
fueron recibidas con no pocos recelos en los ámbitos cofrades, poco a poco se
han ido asumiendo y adaptando a la idiosincrasia propia de cada corporación
aunque con un creciente espíritu eclesial. Igualmente todo ello va unido a un
progresivo desarraigo de la Iglesia frente a los estamentos civiles. Es ahora
cuando comienza el fenómeno de los grupos jóvenes que en cierta medida vienen
a purificar la excesiva superficialidad de las hermandades, sus ímpetus
exclusivos de cara a la Semana Santa y van a potenciar esas otras nuevas
cofradías más austeras y penitenciales. Es un fenómeno interesante que se da
en toda Andalucía occidental con Sevilla como pionera...que surge como
reacción al tipo comentado de hermandades con una religiosidad demasiado
externa y festiva, sociológica...tras una dura etapa de represión.
Esta es la situación actual, en
búsqueda de una identidad en los nuevos esquemas de la sociedad, con una mayor
eclesialidad en sus cuadros dirigentes, aunque sin abandonar nunca la autonomía
que ha sido fundamental para conservar el arraigo popular. La cofradía se sigue
consolidando como instancia natural de la religión del pueblo, concebido como
comunidad de ideales y esperanza.
Precisamente esta personalidad tan
marcada de las cofradías originan algunos problemas en ambas diócesis con la
jerarquía porque resulta muy difícil uniformar criterios respecto a ellas y es
muy variopinta la mentalidad de sus cofrades y su actitud respecto a la Iglesia
institucional, aunque generalmente la sumisión a la jerarquía es permanente.
No obstante parece que en los últimos años se tiende a una mayor comprensión
de la religiosidad popular por parte de los obispos e incluso del Papa en sus
visitas a Andalucía, pero todavía con demasiados recelos y prejuicios de
marcadas raíces históricas.
A pesar de todo, es indudable que en
ambas diócesis las cofradías han estado permanentemente muy estrechamente
unidas a la base de la población y en muchos aspectos han sido y son algo más
que unas asociaciones religiosas tradicionales, pues se constituyen en signos
fidedignos de la religiosidad vivida por las poblaciones de Cádiz y de
Andalucía en general.