as Misiones Cuaresmales del Padre Tirso González y la Religiosidad Sevillana del
Barroco.
En la
historia de la religiosidad popular sevillana difícilmente puede hallarse un
momento mayor de expansión en todos los conceptos que la época del Barroco, en
especial la segunda mitad del siglo XVII y la primera de la centuria siguiente.
Este apogeo constituye en buena medida el punto de referencia para una
comprensión global de este fenómeno siempre vigente en nuestra ciudad de la
religión vivida y expresada por el pueblo, presente en la misma idiosincrasia
del sevillano y consustancial- aun a veces de manera inconsciente- en su ser y
actuar.
Sevilla
vive en el Barroco una tremenda catástrofe, que marcará profundamente a todo
el pueblo: la epidemia de peste de 1649, que acabó en poco tiempo con más de
la mitad de la población. En los esquemas mentales de un pueblo sencillo,
acostumbrado a un tipo de religiosidad de claras reminiscencias medievales,
marginal a las celebraciones litúrgicas de una Iglesia que había descuidado la
pastoral y limitado la participación de los fieles a las devociones populares, aquélla
tragedia se contemplaba como un castigo divino por los pecados de los hombres de
esta ciudad: la impresión fue muy fuerte y generó una auténtica conmoción
espiritual de Conversión fomentada por las muy diversas Misiones populares que,
promovidas por el Arzobispo, fueron predicadas por sacerdotes en su mayoría
regulares, es decir, pertenecientes a órdenes religiosas.
En la
génesis y desarrollo de la religiosidad popular en Sevilla, las predicaciones
tienen una indudable incidencia, que sería muy interesante estudiar más en
profundidad a través de los textos conservados y que sin duda revelarían la
influencia en determinadas prácticas devocionales al menos en los primeros
momentos de su conformación. No obstante se produce esta investigación, se
pueden vislumbrar dos aspectos a retener.
El
primero es el incontrovertible carisma de algunos predicadores que crearon en el
pueblo actitudes concretas de una espiritualidad en torno a la muerte y a la
vanidad de los bienes mundanos. Las recomendaciones a la conversión de vida, a
la constancia en determinadas prácticas de piedad concluían, como he dicho, en
unas formas externas de religiosidad, de las cuales es expresivo ejemplo la
configuración de la Semana Santa o la cotidianidad devocional y dinámica de
los Rosarios públicos.
El
segundo es el indudable protagonismo del pueblo en cuanto a elemento conformador
de las prácticas concretas de religiosidad que concluyeron como fruto de las
predicaciones y Misiones del clero. Es decir, el pueblo no sólo asimiló esa
espiritualidad que se les predicaba, sino que la hizo suya y la adaptó a su
idiosincrasia. Para ello contaba con una institución ya secular al que él
mismo había dado carta de genuina naturaleza: la hermandad. Como ya indiqué en
un artículo publicado en esta revista la Hermandad se convierte en el ente que
encauza la religiosidad del pueblo, la canoniza en prácticas concretas y las
integra en mayor o menor proporción en la pastoral de la Iglesia, que dota a
estas hermandades de un reconocimiento legal y de una amplia autonomía "de
facto".
En este
breve artículo quiero referirme a uno de estos predicadores carismáticos que
dirigió en los años 1669, 1672 y 1679 sendas Misiones Generales en Sevilla
merced a la invitación de un prelado eminentemente pastoral como Ambrosio
Ignacio de Espínola. Este predicador fue el padre Tirso González de Santalla,
de la Compañía de Jesús, catedrático de Teología en Salamanca y de
reconocido prestigio como orador sagrado. Sobre estas Misiones suministra una
preciosa información el poco conocido libro de Elías Reyero: "Misiones
del P. Tirso" que recoge literalmente testimonios manuscritos tanto del
padre Tirso como de sus principales colaboradores, también jesuitas.
La
Misión popular seguía siempre unos esquemas básicos con una serie de
apartados que ocupaban los días siguientes al acto de apertura que tenía lugar
en la Catedral. En estas Misiones jesuíticas las tres partes eran las
siguientes: acto de contrición por las calles tras un Crucifijo, la lección
espiritual de noche a hombres con ejemplo y ejercicio de disciplina y, por
último, enseñanza de la doctrina cristiana y sermones de moción.
Se
conservan los textos para este acto de contrición, que resultan bien
significativos para entender como se preparaban los ánimos de los oyentes para
alcanzar los objetivos de la Misión, fundamentalmente, la conversión de las
almas.
Delante de tus ojos tienes a
Cristo Crucificado: mira su cabeza espinada, su rostro esculpido, sus ojos
oscurecidos, sus brazos descoyuntados, su lengua aheleada con hiel y
vinagre, sus manos y sus pies atravesados con duros clavos, sus espaldas
rasgadas con azotes y su pecho atravesado con una lanza. ¿Quien, Dios mío,
os ha puesto de esta suerte? Mira lo que te responde: "Tus
pecados" [...] ¡Que mis culpas han sido la causa de tus penas! ¡Que
mis pecados te han crucificado! ¡Oh pecados! ¡Quien nunca os hubiera
cometido! ¡Oh pecados! Yo os abomino: diera la vida por no haberos
cometido, y la daré de buena gana por no volver a cometeros. ¡Oh Dios de
mi alma!; pues mis pecados fueron causa de vuestros dolores, razón es que
yo los llore con íntimo sentimiento [...] En mí, Señor, estuvieran bien
empleados estos castigos; pues yo soy el pequé; no en vos que nunca
pecásteis. El amor que os movió a poneros en la cruz por mí, os mueva a
perdonarme lo que hice contra vos. [...] Padre Eterno, mirad al rostro de
vuestro hijo; y pues ya castigásteis en él mis pecados, aplaquese vuestra
ira con estos castigos y usad conmigo de vuestra misericordia [...]
De
especial importancia era la segunda parte que se desarrollaba por las noches, y
más en concreto el ejercicio de disciplina. El P. Juan Gabriel Guillén, que
acompañaba al P. Tirso en la primera Misión de 1669, refiere lo siguiente:
En él se reducen muchas
almas que no se mueven con los sermones de día; pues excede la moción a la
de los otros medios, por lo menos mientras dura la moción. Que con otros
medios lloran y dan voces; mas con este suelen quedar asombrados de
compungidos y tan fervorosos que es necesario persuadirles que templen el
rigor con que maltratan sus cuerpos. En Sevilla, a acabada la disciplina,
comenzaron otra tan recia de bofetadas y con tal fervor que me dejó
atónito y prosiguió por buen rato, aunque se les disuadía ya con palabras
desde el púlpito, ya con haber sacado la luz. En Triana se desmayó un
hombre por las llagas que se hizo en las espaldas y la sangre que había
derramado .
Impresiona
la descripción y nos permite figurarnos el exacerbado clima de fervor y la
tensión emocional que el P. Tirso era capaz de crear en su auditorio, que a
veces iba más allá de lo que el predicador pretendía.
Respecto
al tercer medio o parte de estas Misiones, la enseñanza de la doctrina y la
predicación era el que más se prodigaba y con gran concurso de personas, tal
como dice el mismo autor:
No hubo iglesia en Sevilla
que no pareciese corta; y aun la Catedral, siendo la mayor de España, no
bastó algunas veces. [...] En las demás iglesias de Sevilla era ordinario,
o sacar a la puerta el púlpito, o predicar al mismo tiempo el compañero en
una iglesia vecina; y esto sin cesar de llover, y estando las calles hechas
unos estanques de lodo, y predicando otros al mismo tiempo los viernes y
domingos, con el Santísimo descubierto, en casi todas las iglesias de
Sevilla.
Estas
predicaciones o sermones eran de diversa tipología y asimismo constaban de
diversas partes o tercios. Es bien significativo del efectismo barroco el
denominado Sermón de la Muerte y la posterior aparición de una calavera que el
predicador mostraba al auditorio. El propio padre Tirso recoge por escritos las
palabras que pronunciaba en estos actos:
Estos, son, fieles míos, el
fin del bueno y del malo. Mucho querría que esto se nos estampase
eternamente. Veo que en la hora de la muerte todos desean ser santos, pero
es ya tarde; ahora hemos de comenzar. He predicado hasta aquí a los oídos;
deseo predicaros en este breve rato a los ojos para que los desengaños se
impriman mejor en el alma. En día que predicamos a la muerte ningún
predicador mejor que un difunto. Con no decir nada, habla mucho, y su
retórico silencio persuade no poco. Salga, pues, a predicarnos un retrato
de la muerte (entonces mostraba la calavera) [...] Acuérdate de mi juicio,
que tal será el tuyo: ayer por mí, hoy por ti. Acuérdate que donde tú te
ves, me vi, y donde me veo te has de ver. Ayer se acabó mi vida, hoy quizá
se acabe la tuya. Ayer me convertí en polvo; hoy comenzará por ti lo
mismo. Ayer doblaron por mí las campanas, hoy quizá doblarán por ti las
mismas [...] Ayer recibí sentencia según mis merecimientos, hoy la
recibirás según los tuyos. Mira bien que todo esto será hoy, porque todo
el tiempo de tu vida es como un día. Y quizá para ti no habrá más que
hoy y no llegarás a mañana [...]
Realmente esta puesta en escena debía impresionar no poco a los fieles y no
menos espectaculares serían los efectos producidos tanto en hombres como
mujeres::
La moción exterior de
lágrimas, suspiros, voces y gritos de arrepentimiento, bofetadas y otras
demostraciones ha sido cosa muy ordinaria en las misiones de Andalucía, por
ser los naturales más blandos y tiernos de corazón. El desmayarse en los
sermones las mujeres, dándoles mal de corazón, por la moción que
experimentaban, era cosa tan ordinaria, que por frecuente no causaba reparo.
Lo más singular es que causase algunas veces esa inmutación en los
varones. Mozo hubo, de más de veinte años, a quien causó tanto horror un
sermón del infierno, que del espanto le sobrevino una calentura, que le
duró por veinticuatro horas; y otro que echó sangre por la boca de una
congoja, dando por bien empleado este accidente, por el provecho espiritual
del temor de la divina justicia, que experimentaron sus almas.
En las
Misiones de 1679 ocurrió en estos sermones algo singular y fue que el padre
Tirso abandonó su tono natural de dureza y se mostró más comprensivo con su
auditorio:
Diole Dios gracia al P.
Tirso en esta tercera misión de predicar, aunque con la misma eficacia que
suele, pero con más ternura, a que le movió el desconsuelo y aflicción
del pueblo por las calamidades que padecía, queriendo consolarle más
afligirle. [...] Y así en los últimos tercios del sermón, en que sacaba
el Santo Cristo, y persuadía la enmienda de la vida, con aquel ejemplar de
amor tan sin ejemplo, eran tales las demostraciones de arrepentimiento y
dolor que hacía el auditorio, ya con sollozos, ya con bofetadas y
penitentes alaridos con que pedían misericordia a Dios, que ahogaban la voz
del orador, y parecía Sevilla una Nínive arrepentida.
Las
Misiones, desarrolladas durante la Cuaresma, daban fin normalmente el Domingo de
Ramos . En la de 1669 lo hizo con una gran concentración de personas que fueron
por las calles desde Santa María la Blanca hasta la Catedral donde los padres
Tirso González y Juan Guillén predicaron a la vez a dos auditorios distintos.
Quedaban
los predicadores bastante satisfechos de estas Misiones y se refieren a alguno
de sus "frutos" : Sólo en una semana de la misión de Sevilla,
cuyos naturales en lo piadoso y blando exceden a cuantos he conocido en España,
salieron de mis pies seis mozos de buenos entendimientos para diferentes
religiones. Tanto es su entusiasmo que llega a afirmar que "con
esto ha quedado la ciudad de Sevilla hecha un cielo y puede ser ejemplar de
piedad a todas las de España: pues ya en ella, la virtud, modestia y
compostura, es profesión, no sólo de los ancianos, sino en los mozos; pues
todos se precian de ser virtuosos y parecer modestos, cuando en otras partes se
hace gala del vicio. Y el que en Sevilla es malo, procura ocultar de nuevo el
vicio, y que no le conozcan, pues no le noten y desprecien por esa causa; y así
no tiene allí lugar la maldad, sino embozada y encubierta.
Es un
texto bien significativo de lo que pudiera denominarse superestructura de
cristiandad tan propia del Barroco en la que se institucionaliza un ideal
religioso conformado en prácticas concretas, pero que en el fondo encubre
enormes contradicciones, que son asumidas plenamente.
En las
Misiones de 1672, el padre Losada refiere lo siguiente:
Toda esta cuaresma, las
calles parecían desiertas y sólo los templos en que se predicaba, daban a
entender cuán numerosa es Sevilla. [...] Este (fervor) se conoció
singularmente en las muchas y extraordinarias penitencias que se hicieron en
Semana Santa [...] Las confesiones y comuniones han sido tantas esta
cuaresma, que en una semana, en que para mover los corazones a la eficacia
de los desengaños de la misión, que se hacía en la Casa Profesa de la
Compañía, se añadieron los que trae consigo la explicación de la
doctrina cristiana, se pudo notar que el día último de la misión le
faltaban (se gastaron) sesenta mil formas.
No
obstante esto, el padre Tirso procuraba buscar medios efectivos para que estas
Misiones tuviesen un efecto duradero y los compromisos de Conversión que
surgieran entre el pueblo no fueran fruto de unos momentos de tensión
emocional. Para ello creó varias congregaciones cuya finalidad era mantener en
sus líneas esenciales los principales ejercicios que se desarrollaban en las
Misiones: acto de contrición, oración comunitaria centrada en el Rosario y
ejercicio de disciplina. de estas congregaciones surgieron varias hermandades
que supieron asumir la espiritualidad ignaciana de estas Misiones e
incorporarlas al depósito de la religiosidad popular preexistente.
Un caso
concreto fue el rezo del Santo Rosario que de ser una mera oración de carácter
eminentemente privado o personal, pasa a convertirse en una plegaria comunitaria
que se rezaba en voz alta y a coros en las iglesias y llegó a ser elemento
principalísimo de las Misiones subsiguientes tanto jesuíticas como de otras
órdenes. Ciertamente la eclosión del Rosario, la más importante
manifestación de este clima misional, tuvo efecto de manera más significativa
en los últimos años del siglo XVII merced a las predicaciones de fray Pedro de
Ulloa, de la Orden de Predicadores, que así mismo gozaba de un indudable
carisma popular, pero es innegable también que la labor de Tirso González
preparó esta auténtica "explosión rosariana" y de alguna manera
universalizó junto con otros misioneros una devoción hasta entonces limitada a
los dominicos, lo que explicará que posteriormente el Rosario se convierta en
patrimonio general del pueblo de Sevilla, rebasando cualquier tutela anterior.
Fue tal la identificación del pueblo con esta devoción que a los pocos años
se creó por los propios fieles el uso del Rosario público, fenómeno en
extremo peculiar que marcó durante todo el siglo XVIII una auténtica
cotidianidad religiosa. Pero este Rosario público no es explicable sin estas
Misiones donde en las propias calles, las gentes iban rezando y con rosarios en
las manos ya en 1669.
Estas
congregaciones, tan en relación con el P. Tirso, fueron, por ejemplo, las
hermandades rosarianas del Divino Salvador, San Vicente, Santa Ana, San Pedro y
muy posiblemente la de Nuestra Señora de la Alegría de San Bartolomé, de
donde partió el primer Rosario Público como tal en 1690. En las Reglas de
estas hermandades aparecen reflejados los elementos derivados de las Misiones
jesuíticas.
Con todo
ello quiero hacer comprender la importancia de estas Misiones en la
conformación de la religiosidad popular de la Sevilla del Barroco y de como
este pueblo asume su espiritualidad adaptándola a su idiosincrasia y lo hace en
torno a unas hermandades que directa o indirectamente promovió este jesuita. El
padre Tirso, persona de profunda espiritualidad y gran experto en la cura de
almas y en los resortes dramáticos y efectistas, propios de las Misiones
barrocas, logró conectar con la religiosidad sevillana, a la que considera
especialmente sensible para las predicaciones y es notoria la identidad de su
pensamiento con el venerable Miguel Mañara, que fue importante colaborador en
las Misiones de 1672 sobre todo en la campaña de cristianización de
musulmanes. Sus indudables virtudes le hicieron acreedor a ser elegido
Prepósito general de la Compañía de Jesús, por lo que tuvo que abandonar su
activa participación en las Misiones populares.