eligiosidad Popular e Integración Pastoral. El Rosario de San Gil en el Siglo XVIII.
1.- Los orígenes.
2.-
La primera mitad de siglo.
3.-
La segunda mitad de siglo.
4.-
Epílogo.

En la época de
elaboración de mi tesis doctoral sobre la religiosidad popular rosariana en la
ciudad de Sevilla, tuve que asumir con resignación la imposibilidad de acceder
a determinadas fuentes documentales por muy diversas circunstancias
insuperables. Con el tiempo, he tenido la oportunidad de consultar algunos de
aquellos documentos y conseguir de esta manera completar y refrendar
completamente algunas hipótesis enunciadas entonces.
Singularmente
importante en este sentido ha sido la gentileza del Hermano Mayor y Junta de
Gobierno de la Hermandad de la Esperanza Macarena en concederme recientemente la
licencia oportuna para acceder a la documentación existente sobre la Hermandad
de Nuestra Señora del Rosario durante la época anterior a su fusión con la
corporación penitencial, es decir, el siglo XVIII. En mi Tesis Doctoral apenas
pude referirme a esta importante hermandad salvo por los datos de los analistas
clásicos y del estudio inédito de Hernández Parrales .
Hace pocos años se
ha publicado una obra monumental sobre la Hermandad de la Esperanza Macarena, en
la que figura un estudio histórico muy documentado a cargo de Hilario Arenas,
que recoge entre sus capítulos una interesante síntesis sobre la Hermandad del
Rosario desde su fundación hasta la unificación con la cofradía de la
Esperanza . En el presente artículo, me voy a centrar en diversos aspectos
institucionales de la corporación relacionados con el campo de mis
investigaciones sobre la religiosidad popular rosariana, omitiendo algunos datos
ciertamente de interés en la historia de esta corporación pues la citada
monografía los abarca suficientemente.
La Hermandad del
Rosario de San Gil representa todo un paradigma de la devoción popular del
Rosario inserta en el ámbito parroquial, aunque con una amplia autonomía.
Entre sus cofrades aparecen presbíteros y personajes de alta posición social
junto a los vecinos de una feligresía de muy escasos recursos. Su trayectoria
histórica en el siglo XVIII proporciona interesantes elementos de juicio para
el análisis de la religiosidad de la Sevilla de la Ilustración.
Antes de iniciar el
análisis histórico, hay que indicar que las fuentes documentales conservadas
en el bien ordenado archivo de la hermandad macarena, resultan insuficientes
para trazar una visión totalmente fidedigna sobre el acontecer de la Hermandad
del Rosario en el siglo XVIII. Sin duda, los documentos más importantes son un
libro de actas que da comienzo en 1728 y enlaza con la época de la agregación
de la corporación penitencial y dos libros de hermanos de 1732 y 1756. Junto a
ellos existen libros de averiguaciones para los sufragios y otros de diversos
patronatos . Pero faltan los de mayordomía y asimismo todo lo relacionado con
los trámites oficiales para la aprobación de Reglas ante el Consejo de
Castilla en 1790 y los de agregación de la Hermandad de la Esperanza.

1.-
Los orígenes
En el estado actual
de nuestros conocimientos, todo parece indicar que, tras las predicaciones
misionales de los religiosos jesuitas y, sobretodo, del fraile dominico Pedro de
Santa María de Ulloa en el último tercio del siglo XVII, se acrecentó
notablemente en su carácter popular y público la devoción del Santo Rosario,
hasta entonces bastante circunscrita a las cofradías dominicas y con un
carácter interno, llegando a convertirse en el fenómeno más significativo de
la religiosidad cotidiana en la Sevilla del Barroco y la Ilustración. En este
espectacular desarrollo fue decisivo el uso de los Rosarios públicos, que se
constituyen formalmente a finales de siglo y alcanzan su apogeo durante la
siguiente centuria.
La parroquia de San
Gil fue de las primeras que se sumó a esta iniciativa y el 16 de octubre de
1690 salieron clero y feligreses a recorrer las calles de los alrededores
rezando los Misterios del Rosario. Poco a poco esta devoción se fue
institucionalizando entre los vecinos erigiéndose una congregación con
licencia del clero parroquial, que, al parecer, apoyó decididamente esta
empresa a fin de alentar y preservar la devoción. Los primeros datos sobre esta
congregación se remontan al año 1702, en el que ya se registran entradas de
hermanos. Arenas da la fecha de 1704 y suministra los nombres de los cofrades
fundadores.
No obstante, hay que
indicar que ni en los primeros momentos ni durante todo el siglo XVIII se
planteó la iniciativa de solicitar la aprobación canónica del Ordinario
Diocesano, por lo que su régimen jurídico no fue propiamente de Hermandad sino
de congregación parroquial. Esto infiere un fuerte arraigo en la parroquia y un
alto índice de identidad de fieles y clero. De hecho, entre los cofrades
figuran un buen número de eclesiásticos en los cargos principales y el cura
más antiguo de San Gil fue siempre un elemento clave en la trayectoria vital de
la Hermandad. Puede decirse que la parroquia asumió plenamente la devoción
rosariana y la congregación dentro de su plan pastoral, incluyendo la
idiosincrasia popular de su religiosidad, sus formas y su estética genuina.
Aunque no gozaba de
status jurídico de hermandad, sí contó desde los primeros momentos con la
licencia del Prior de la Comunidad Dominica de San Pablo para erigirse como
asociación rosariana, agregándose a la Primitiva Cofradía del Rosario de
Sevilla para disfrute de todas las gracias y prerrogativas espirituales de aquélla,
y, en general, de todas las cofradías del Rosario. Por esta razón,
periódicamente, la hermandad acudía al convento de San Pablo con su libro de
hermanos para que el Prior agregase a los nuevos integrantes como cofrades.
Resulta significativa esta vinculación permanente con la Orden de Predicadores
incluso cuando esta había perdido en la práctica el control de la religiosidad
rosariana y de sus hermandades diocesanas.
Igualmente se regía
por unas reglas o estatutos, mas no eran propios, sino que decidieron adoptar
los de la Hermandad del Rosario de Santa Catalina, aprobados en 1710, quizá por
existir alguna vinculación entre ellas o sus parroquias o bien simplemente por
afinidad de institutos ya que, en los primeros momentos, la parroquia de Santa
Catalina tuvo el control de la nueva corporación, aunque, posteriormente, no
supo asumir -a diferencia de la de San Gil- los caracteres específicamente
populares de la religiosidad cofrade rosariana y provocó la ruptura .
Al igual que la
hermandad de Santa Catalina, junto con el uso primordial del Rosario público
existía una devoción importante a una imagen de la Virgen del Rosario radicada
en la parroquia y titular de la corporación. De esta manera se unían
indisolublemente ambos institutos, cuestión generalizada en las hermandades
parroquiales del Rosario, que así integraban el uso público callejero y la
devoción en un culto permanente y dentro del ámbito sagrado del templo, con lo
que se ejercía un más efectivo control de la religiosidad.

2.-
La primera mitad de siglo
El hecho de que el
libro oficial de actas se abra en septiembre de 1728 y que el primer acuerdo de
importancia se refiera al estreno del Simpecado indica claramente que es ahora
cuando se consolida formalmente la naciente congregación y se institucionaliza
la procesión del Rosario de prima noche con una personalidad propia que
simboliza el Simpecado . Se crea una primera estructura de gobierno en la que
aparece como Mayordomo Pedro Ortiz Fuentes. Figura un Hermano Mayor, pero es el
Mayordomo el que ejerce el efectivo control del gobierno y administración de la
Hermandad, organizando los medios básicos para el mantenimiento económico de
su instituto cultual y rosariano en base a la recolección de limosnas y
demandas públicas, amén de las averiguaciones de los cofrades.
Durante toda esta
primera mitad de siglo, el citado Pedro Ortiz ejerció la mayordomía con un
predominio absoluto y contando con el beneplácito de los cofrades que
reconocían su labor y le otorgaban amplia autonomía. En un principio incluso
no presentaba a aprobación las cuentas anuales, cuestión que ya se regularizó
en 1733 dentro del mismo cabildo de elecciones y posteriormente, ya en 1749 se
llevan a cabo claverías mensuales. El cargo de Hermano Mayor suponía un cierto
reconocimiento honorífico y un patrocinio económico o moral según la persona
que lo ocupara. Así fueron hermanos mayores, por ejemplo, el Marqués de la
Rosa, Caballero de Santiago y de la Cruz Roja, Francisco Hipólito Ortiz y
Fuentes, cura más antiguo de San Gil o, sobretodo, Cristóbal de Moncada y
Lucena, que durante muchos años otorgó copiosos donativos a la Hermandad .
La junta de gobierno
era elegida anualmente y se componía además de estos cargos de Dos Alcaldes
(Antiguo y Moderno), Fiscal, Prioste y Secretario, aparte de los diputados de
Rosario, los denominados de Campanillas que controlaban las demandas en
distintos puntos del barrio y en la parroquia y los diputados de alba que
coordinaban las misas celebradas a primera hora de la mañana. Sólo se
convocaban ordinariamente dos cabildos en el año, el de Elecciones en la
festividad de Epifanía y de Preparación de los Cultos Anuales, que tenía
lugar en septiembre, aunque este último deja de celebrarse de manera permanente
en 1734. En esta época, sólo se registran los cabildos generales, aunque
debieron existir juntas de Oficiales, al menos para el escrutinio, es decir,
para la confección de la candidatura que la junta de gobierno saliente
presentaba a los hermanos en el Cabildo de Elecciones y que normalmente era
aceptada por los cofrades. Si esto no fuera así en uno o más cargos, se votaba
con bolillas blancas y negras y resultaba electo el ganador. Primero se elegía
al Mayordomo, quien era el encargado de presentar la candidatura por razones
obvias.
Queda dicho que la
Hermandad se rigió durante este siglo por los estatutos del Rosario de Santa
Catalina. En 1732, no obstante, se registra un acuerdo de aprobación de unas
reglas que había confeccionado el Mayordomo, no haciéndose mención a que
pertenecieran a la citada hermandad. De hecho, el dato de que la hermandad se
rigiese por aquel estatuto de Santa Catalina es de finales de siglo en ocasión
de presentar nuevas Reglas ante el Consejo de Castilla .
Aunque el instituto
primordial y ordinario lo constituyera el Rosario público, la Hermandad
dedicaba singular atención y la mayor parte de sus ingresos a las Fiestas
Anuales en honor de la Titular que tenían efecto en los últimos días de
octubre y primeros de noviembre y que se insertaban en un amplio esquema cultual
que principiaba el Jubileo Circular en honor del Santísimo Sacramento,
continuaba el Solemne Novenario a la Virgen y culminaba las Solemnes Honras por
los hermanos difuntos. En las actas se hace especial hincapié en que estos
actos resulten con la mayor brillantez y aparato posible, si bien se deja a la
discreción del Mayordomo la organización de los mismos según los fondos de la
Hermandad, aunque era usual que adelantara algo de su peculio. De hecho
constituía casi obligación elegir como Mayordomo a una persona con posibles y
dispuesta a ofrecerlos con mayor o menor interés a la Hermandad, lo que a su
vez conllevaba un predominio indudable en su gobierno. También se registran
casos en el que son determinados devotos quienes costean parte de estos cultos
solemnes.
La procesión del
Rosario se realizaba ordinariamente a diario tras el toque de Oración y durante
esta primera mitad de siglo se mantuvo constante el uso, eligiéndose anualmente
unos diputados para su gobierno. El Rosario gozaba de amplia autonomía en la
congregación y todo hace pensar que se autofinanciaba.
Al no existir datos
de claverías, es difícil establecer una aseveración exacta, pero es de
suponer que, al igual que otras hermandades rosarianas, junto a las solemnes
honras fúnebres en sufragio de los hermanos difuntos, el Rosario organizara una
Novena de calle y asimismo consta otra Novena de iglesia.
Igualmente la
Hermandad tenía acordado una asistencia al cofrade que falleciese que se
componía de cuatro acompañados (a los oficiales, seis) en su entierro y si no
pudiese ni siquiera costeárselo, se le entregarían quince reales, importe de
los acompañados. Todas estas prestaciones requerían encontrarse al corriente
en sus cuotas o averiguaciones.
Junto a estos
institutos principales, la Hermandad celebraba a diario misa de alba, sufragada
por medio de demandas de limosnas, lo que indica una procesión rosariana de
madrugada o aurora, probablemente junto a la de prima noche.
El patrimonio de la
Hermandad se fue incrementando progresivamente. Ya se ha dado noticias del
Simpecado para el Rosario, a lo que hay que añadir para la misma procesión un
pendón o estandarte, del que no se dan más detalles. Igualmente se construyó
un retablo para el Simpecado en la iglesia. En lo que se refiere a la imagen de
la Virgen, se registran datos de adquisición de un sol de plata o del arreglo
del retablo en que se veneraba, aunque lo más interesante es su traslado, tras
un intento anterior , al retablo mayor de la parroquia en 1744, ocupando el
camarín central y desplazando al ático al titular del templo, San Gil .
La iniciativa, que en
un primer intento fue promovida por la Hermandad en 1740, era beneficiosa para
ambas entidades por cuanto la Hermandad se comprometía a efectuar unas obras de
restauración que eran absolutamente necesarias para la estabilidad del retablo
mayor y que la parroquia no podía afrontar y, por otro lado, el culto a la
Virgen alcanzaba una preeminencia en la parroquia, lo que en verdad se
correspondía a la realidad, resultando el retablo en que se hallaba muy
desproporcionado a la gran devoción que suscitaba la imagen, además de
encontrarse bastante deteriorado. Sin embargo, esta primera iniciativa de la
Hermandad no prosperó.
Hubo que esperar
cuatro años más para que se produjese el acuerdo. Lo más significativo es que
ahora la iniciativa proviene del clero de la parroquia en razón a la gran
devoción que la Virgen había adquirido entre la feligresía. La Hermandad
está conforme con el traslado, pero impone la condición de que se le den las
pertinentes seguridades de perpetuidad, uso y dominio, aunque estaría siempre
disponible para las funciones y cultos parroquiales y de la hermandad
sacramental. Junto a las obras necesarias en el retablo para adaptarlo al nuevo
culto, la Hermandad concierta con el escultor José de la Barrera la hechura de
dos retablos colaterales en el que se situarían el Simpecado y una imagen de
San José, propiedad de la Hermandad.

3.-
La segunda mitad de siglo
Tras un cabildo
general celebrado en septiembre de 1749 para preparar los cultos anuales, las
actas se interrumpen hasta enero de 1756 sin que medie explicación alguna.
Hernández Parrales achaca esta interrupción de los cabildos a ciertas
desavenencias con la parroquia. Lo cierto es que la actividad ordinaria aunque
no se paraliza totalmente, sí atraviesa una gran precariedad detectable en que
apenas se constatan entradas de hermanos . Los cultos y el Rosario debieron
también resentirse.
En esta nueva etapa,
se registra ya al comienzo una cierta ruptura con lo anterior, al resultar
electo un nuevo Mayordomo, Andrés Escribano, triunfando en las votaciones sobre
Pedro Ortiz, que era el candidato oficial y que desde entonces se desentiende de
la hermandad, no acudiendo siquiera a los cultos . El Hermano Mayor se reafirma
en su cargo con el reconocimiento unánime de todos los cofrades. Se asiste a un
replanteamiento estructural de la corporación tanto en su gobierno como en el
instituto. Se registra un número importante de nuevas altas en el libro de
hermanos que ahora se abre .
En este mismo año de
1756 se convocan nada menos que cuatro cabildos generales, muy densos, en los
que prácticamente se diseñan los nuevos objetivos de la corporación centrados
en un realce cultual a la Virgen del Rosario con la Procesión anual, incremento
de las fuentes de financiación ordinaria, creación de un sistema de asistencia
para los entierros de los hermanos mucho más organizado que el anterior y
revitalización del Rosario de noche y potenciación del de Madrugada en las
vísperas de la festividad de la Virgen. Todo ello va a generar un mayor arraigo
de la devoción entre la feligresía y con él diversas dotaciones
testamentarias que consolidan totalmente el instituto de la Hermandad.
Como queda dicho,
Andrés Escribano va a marcar una nueva trayectoria en la Hermandad,
permaneciendo en el cargo hasta su fallecimiento en 1782, y esto aun a pesar
suyo, pues sistemáticamente solicitaba cada año su relevo aduciendo falta de
tiempo y de méritos, pero incluso en las épocas de crisis económica los
cofrades le otorgaban su confianza ilimitada. Debió gozar de indudable carisma
entre los cofrades y su gestión en conjunto aparece como muy positiva. Como
hermanos mayores figuran Pedro Pumarejo y Piedra y posteriormente el presbítero
Manuel Espejo con quien el cargo parece tener una mayor efectividad.
Los cargos se
mantienen los mismos e igualmente existe una estabilidad de las personas que los
ocupan, no registrándose relevos de importancia y tampoco grandes discrepancias
de los hermanos respectos del escrutinio realizado por la junta saliente. La
frecuencia de los cabildos generales sigue la tónica anterior de uno anual, el
de elecciones.
La economía de la
hermandad sigue basándose en las limosnas recaudadas en la feligresía a
través de las demandas del Rosario, de los campanilleros, los cepillos y las
cuotas de los cofrades. Las principales demandas correspondían a los
campanilleros que se distribuían en diversas estaciones fijas como la Macarena,
Alameda, parroquia... Todos los años se nombraban diputados y auxiliares que
por las mañanas salían para recoger limosnas invocando el nombre de la Virgen,
creándose turnos mensuales. En los años 60 y posteriormente en los 80 se
registra un apreciable descenso de las limosnas, del que poco a poco se
recupera.
Junto a estas fuentes
ordinarias, la Hermandad va consolidar su economía merced a la obtención de
diversas dotaciones testamentarias a partir de 1756, siendo al final de este
período tres los patronatos que administraba .
Las fiestas de la
Virgen se siguen celebrando con el mismo orden y solemnidad que antes. Había
funciones matutinas y vespertinas según las limosnas, contratándose a una
capilla musical que actuaba en la Novena y en la procesión del último día de
Jubileo.
Los cultos anuales
ordinarios a la Virgen se realzan en 1783 con una solemnísima Procesión por
las calles de los alrededores. Aunque es un acto ocasional, supone ya un nuevo
concepto de la devoción rosariana que se consolidará a partir de 1839 y,
sobretodo, 1840 en que se celebrará de manera regular todos los años,
adquiriéndose para ello un Paso. Esta Procesión coincide con la desaparición
del Rosario público, adquiriendo la imagen de la Virgen la dimensión
procesional de aquel. Sobre esta primera salida, suministra algunos datos el
libro de actas. Así se conoce que tuvo efecto en la festividad de Todos los
Santos a las tres de las tardes, después de la adoración al Santísimo
Sacramento. De su itinerario se dice que pasó por la calle del Pozo, hizo
estación al convento de San Basilio que la recibió con toda la comunidad y la
efigie del santo titular, pasó por delante de Omnium Sanctorum, que no pudo
repicar sus campanas por encontrarse allí el Jubileo; posteriormente siguió la
calle Ancha e hizo estación a la Cruz de Caravaca, muy adornada por sus
cofrades. Llegó después al Colegio de Monte Sion, donde fue recibida por la
comunidad dominica. De allí se dirigió a San Marcos, cuyo porche fue
riquísimamente adornado con colgaduras y se instaló un altar con una Virgen
(seguramente la del Rosario). En Santa Marina la recibió el clero y los
hermanos de la Divina Pastora, cuya imagen sacaron para el recibimiento,
teniendo lugar un concierto. Después se dirigió a los Cuatro Cantillos donde
se había instalado un altar con la Inmaculada. Finalmente la Virgen se dirigió
a la Macarena por la calzada del hospital, donde la esperaban muchas personas
con hachas encendidas que la acompañaron hasta la parroquia.
Esta magna procesión
supuso un notable hito en la vida de la ciudad, que sin duda acrecentó la
devoción a la Virgen, pero a la vez fue fruto de un inmenso trabajo de
preparación y coordinación previa a fin de concertar adecuadamente el
recibimiento de todos los lugares a donde hizo estación. Se requería una buena
estructura consolidada para llevar a efecto un acto como este.
Posteriormente en
1785 volvió a salir procesionalmente la imagen de la Virgen en ocasión de las
fiestas de beatificación del capuchino Lorenzo de Brindisi organizadas por la
Comunidad de Sevilla y para las que fue especialmente invitada la Hermandad.
Esta procesión tuvo efecto el 14 de noviembre, pero en esta ocasión fue
acompañada del Rosario y tuvo más bien el carácter de un traslado al convento
vecino de los Capuchinos .
El Rosario sigue
celebrando sus estaciones con algunas intermitencias en su modalidad de
procesión de prima noche. En su cortejo figuraban músicos y un cantor que se
contrataban. Ya en el último tercio de siglo, los rosarios comienzan a perder
su primitivo vigor y el concurso de personas es menor. En la hermandad que nos
ocupa, en 1776 se produce ya una primera crisis de importancia que obliga a
suprimir los cargos de diputados del Rosario, ya que nadie quería hacerse cargo
. De esta manera desaparece la autonomía de que gozaba la procesión que
formaba una auténtica congregación autónoma y asumiendo la junta de gobierno
el control directo.
Se constata la
existencia de una procesión de Rosario de madrugada de Gala en las fiestas
anuales de la Virgen. Concretamente en 1783 salió en las vísperas de la
procesión extraordinaria de la Virgen.
Igualmente sigue
celebrándose la Novena de Animas en el mes de noviembre con el Rosario.
También se da la práctica habitual del novenario de responsos al hermano que
fallece, acudiendo la procesión al domicilio del finado.
Precisamente una de
las grandes reformas que tienen lugar en esta segunda mitad de siglo se centra
en la asistencia a los hermanos difuntos, sufragándoles los gastos del entierro
comprendiendo los acompañados y las misas de sufragio. Para ello, se modifican
las limosnas de entrada y se establece una contribución mínima de dos cuartos
semanales más una demanda anual para todos los hermanos que quieran disfrutar a
su muerte o a la de sus familiares cercanos de un entierro costeado por la
Hermandad. De esta manera, la corporación adquiere instituto de hermandad de
enterramiento. La iniciativa era muy necesaria en una feligresía extremadamente
pobre. No obstante las facilidades que la hermandad otorga para el pago de las
cuotas, gran número de cofrades se retrasan en el pago o simplemente no lo
abonan, por lo que la junta de gobierno ha de verse en la obligación de
denegarles el costo de su entierro, lo que resulta muy desagradable y durante
años se trata de dilatar las decisiones. poco a poco, este uso se hace
extremadamente gravoso y existen ocasiones en que, por carecer de recursos, se
está a punto de no poder atender a cofrades fallecidos al corriente de pago. No
obstante, a pesar de todo, la hermandad procura que ningún hermano se vea
privado de un entierro digno e incluso se ocupa de los vecinos más pobres de la
feligresía. En 1836 se ha de suprimir este uso por la enorme deuda acumulada y
el desinterés generalizado de los cofrades.
Respecto al
patrimonio, éste se ve incrementado con las dotaciones testamentarias que hacen
a la hermandad propietaria de tres casas a finales de siglo.

4.-
Epílogo.
En enero de 1790 la
Hermandad, reunida en cabildo general y con la presencia de un representante de
la Real Audiencia, tuvo conocimiento oficial de la disposición del Consejo de
Castilla por la que quedaban extinguidas todas aquellas hermandades y cofradías
que no contasen con la aprobación del ordinario civil. Por esta razón, al no
contar esta Hermandad con más regla que la antigua del Rosario de Santa
Catalina y no depender de jurisdicción alguna salvo en lo espiritual de la
Orden de Predicadores, la corporación no podía usar del nombre de Hermandad ni
celebrar actos como tal hasta que no obtuviera la pertinente aprobación de
Reglas por el citado Consejo de Castilla.
La Real Orden que
ahora se ejecuta formalmente databa de 1783. La convocatoria de este cabildo
había motivado ya la preparación de unos estatutos que el propio Hermano Mayor
presenta para su urgente aprobación por los hermanos a fin de agilizar al
máximo los trámites, lo que se lleva a efecto con algunas adiciones y con el
beneplácito del representante de la Audiencia. Así comienza todo un proceso
legal que culminará con la aprobación de estas Reglas y la agregación de la
cofradía penitencial de la Sentencia de Cristo y Nuestra Señora de la
Esperanza, que necesitaba de esta medida para poder subsistir legalmente. Tras
unos intentos posteriores de separación debido a que el predominio rosariano
parecía perjudicar a la entidad penitencial, ambas corporaciones continuaron
unidas hasta la actualidad .
Durante la primera
mitad de este siglo XIX, el instituto de la Hermandad del Rosario experimenta ya
una lenta evolución hacia formas más acordes a un nuevo esquema de
religiosidad común al resto de las corporaciones de Gloria.
El Rosario
experimenta diversas vicisitudes dentro de una evidente carrera decreciente.
Especialmente importante fue la procesión misional con motivo de la terrible
pestilencia de 1800, que tuvo una seria incidencia entre los cofrades. Tras una
breve revitalización en torno a 1827 en que se constatan partidas de novenas de
noche y de madrugada, la procesión viene a declinar definitivamente en torno a
1834 coincidiendo con la celebración ordinaria de la Procesión de la Virgen,
aunque sus salidas se van espaciando y tiende a hacerla sólo de manera
extraordinaria.
Respecto a los cultos
en honor de la Virgen se constata un Triduo y Jubileo en lugar del Novenario a
partir de 1841 y la ya comentada Procesión que tenía efecto en junio con un
claro matiz sacramental, acompañada la imagen de la Custodia parroquial y con
un numeroso cortejo en que figuran sacerdotes, acólitos, niños de la Doctrina
y músicos. El instituto procesional marca una etapa floreciente en la
corporación que emplea sumas cuantiosas en adquirir un Paso "ad hoc"
y muy diversas prendas bordadas para la Virgen. Junto a estos cultos, se
celebran regularmente las misas de alba, mes de María, diversas celebraciones
en Navidad y Pascua y también se registran sendos septenarios a San José,
prueba ineludible de una creciente devoción a esta imagen propiedad de la
Hermandad.
La vida económica se
basa en las fuentes tradicionales de las demandas de campanillas repartidas por
todo el barrio, pero su patrimonio fue acrecentándose sobretodo respecto al
culto a su imagen titular tal y como se refleja en un Inventario redactado en
1844.
En este Inventario
caben destacar dos retablos, uno, dorado, en el que se veneraba a la Virgen,
situándose en los laterales las imágenes de San Francisco y Santo Domingo; el
otro estaba dedicado a San José. Este dato parece indicarnos que en esta época
la imagen de la Virgen no se hallaba en el retablo mayor de la parroquia. Es
importante reseñar el impresionante ajuar de la imagen de la Virgen entre
vestidos y mantos así como sus atributos de orfebrería. También se destaca la
referencia a dos pasos, uno nuevo de la Virgen con las parihuelas pintadas en
blanco, una peana y doce jarras doradas y la cubierta de pino de flandes y
compuesta de seis hojas. El otro, al parecer, era para procesionar al San José.
Respecto al instituto rosariano, figura un Simpecado de Gala de terciopelo verde con los quince
Misterios bordados en oro. Igualmente se detallan dos cruces, una dorada para el
Rosario de Gala y otra, jaspeada con ribetes dorados para la procesión diaria.
Con este breve
epílogo, quiero concluir el presente artículo que ha tratado de reflejar las
claves primordiales del acontecer histórico de esta Hermandad, una de las más
significativas por su influjo devocional y su patrimonio de entre las
corporaciones gloriosas de la Sevilla del XVIII.