nflación Cofradiera.
Cada vez más se observa en los
pueblos y ciudades de Andalucía una auténtica inflación cofradiera, que
tiende a desvirtuar la propia esencia de lo que es y significa el concepto de
cofrade, si es que efectivamente entre nuestras hermandades ese adjetivo supone
un determinado y comprometido signo de identidad.
Como ya he indicado en diversos
artículos en esta misma querida publicación lucentina, entiendo que el ser
cofrade va indisolublemente unido al compromiso cristiano y a la integración
efectiva en la Iglesia y, en este sentido, supone hoy en día todo un reto ante
la creciente secularización de la sociedad y, dentro de nuestro ámbito, de la
religiosidad popular.
La religiosidad popular y, más
concretamente, el fenómeno de la Semana Santa es continuamente invocado por
elementos nada proclives a lo religioso en un intento solapado de desvincular a
nuestra Semana Mayor de su sentido trascendente, convirtiéndola simplemente en
una fiesta tradicional sin otros valores que una especie de espiritualismo laico
que más que evocar la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, aísla al
hombre de la cotidianidad en la que vive en una especie de ocio intranscendente.
Junto a ello, no es menos observable como todo lo que constituye el mundo de la
Semana Santa y las cofradías se viene convirtiendo en objeto de consumo y
marketing comercial: promociones publicitarias en prensa, cassettes, videos,
pins...y los denominados "bares cofrades" en los que, entre copa y
copa, puedes ver el último video de determinada cofradía, escuchar un cassette
de marchas procesionales, oler el perfumado olor del incienso e, incluso,
contemplar a una imagen pasional entre cirios encendidos, como invitando a un
"culto" profano.
Pero la inflación no sólo afecta a
elementos, sino a la propia institución de las cofradías, especialmente a las
que pretenden serlo. Es un hecho incontrovertible que se fundan muchas
cofradías, respondiendo a una inquietud social que surge de la propia base del
pueblo. La Autoridad eclesiástica trata de controlar esta afluencia masiva de
nuevos cofrades con la creación de asociaciones parroquiales, paso legal previo
para la erección como hermandades, pero que implica una necesaria integración
en los esquemas de la parroquia respectiva y sus planes pastorales. Ciertamente
es una medida acertada para tratar de acercar a esos fieles provenientes de la
religiosidad popular en la dinámica evangelizadora de la Iglesia, pero los
resultados no han sido hasta ahora excesivamente positivos.
Además, junto a estas iniciativas
regulares, se está dando un fenómeno mucho más preocupante en virtud de lo
anteriormente expuesto. No son pocos los denominados "cofrades" que se
niegan sistemáticamente a que la Autoridad Eclesiástica intervenga en la
fundación y control de sus iniciativas y menos que las quieran integrar en una
parroquia y su pastoral, optando por erigir por sí mismos asociaciones
culturales, con la denominación de hermandades, aunque, eso sí, con sus
imágenes, su almacén o capilla, casa de hermandad...y una vida social de gran
animación durante todo un año organizando unos "para" cultos y
procesión por las calles del barrio.
En definitiva, inflación de
cofrades, de cofradías, pero nunca de hermandades o de hermanos.