VIDA DEL VENERABLE FRAY PEDRO DE SANTA MARÍA ULLOA (OIS)
(Llamado vulgarmente
Fray Pedro Manzanas)
por Fray Aureliano
Pardo Villar, O.P.
Nacimiento, infancia y primeros estudios
Nació
este insigne varón apostólico en la parroquia de Santa María de Oís, Betanzos,
el día 28 de abril del año 1642; y fueron sus padres Pedro Manzanas Ulloa y
Catalina Corral, labradores de oficio.
Desde muy niño descubrió Pedro cualidades y virtudes que
presagiaban los altos designios que la Providencia tenían formados sobre su
porvenir. Su inclinación a la piedad, su rara abstinencia y su abstención
completa de los entretenimientos y juegos de la infancia, eran señales
manifiestas de algo extraordinario, que sus honrados y cristianos padres no
sabían a que atribuir. Viéndole tan bien inclinado y muy despierto de ingenio,
enviáronle a Betanzos cuando no contaba más de ocho o diez años, para estudiar
la Gramática. Hizo sus estudios de Latín y Humanidades con el licenciado don
Juan Rodríguez; pero con motivo de la muerte de su padre tuvo que desistir de la
carrera eclesiástica, que pensaba proseguir.
Su padrino, el caballero D. Jerónimo Gayoso, colocóle
entonces como paje de su prima la Marquesa de San Saturnino, D.a
Francisca de Figueroa; pero no era cargo compatible con las aficiones del
muchacho, y hubo de dejarlo pronto por el de preceptor y ayo de un hijo del
mismo caballero, llamado Pedro Gayoso Parga, que le dejaba tiempo libre para sus
ejercicios de piedad, a los cuales dedicaba largas horas. Acompañaba la oración
con grandes mortificaciones y cotidianas disciplinas todas las noches. Ayunaba
tres días por semana, y los viernes la mayor parte de la Cuaresma a pan y agua
siendo de ordinario muy parco en la comida y dejando lo mejor de la ración para
los pobres.
Su vocación religiosa
Entregado de lleno a la práctica de la virtud y de una vida
austera, con la mira puesta únicamente en Dios y en la santificación de su alma,
sintióse nuestro joven preceptor llamado a una vida más perfecta, y pensó en
retirarse a la Cartuja; pero no era ese el camino trazado por la Divina
Providencia para su santificación y el cumplimiento de sus deberes sobre la
tierra. Su bondadoso padrino, secundando los deseos del ahijado, trató de
prepararle el ingreso en la Orden de San Agustín, a lo que Pedro no accedió
manifestándole que prefería la Orden de Predicadores, a donde le llamaba la
Santísima Virgen para que fuese más tarde uno de los grandes apóstoles de la
devoción de su Rosario.
Fr. Pedro en San Esteban de Salamanca
Acompañado de su bienhechor, llamaba un día Pedro de Ulloa, a
las puertas del convento de Santo Domingo de Betanzos, encontrándose allí con el
Vicario provincial del Reino de Galicia, Fr. Domingo Sobrino, quien después de
someterle a un detenido examen, le aconsejó que solicitase su ingreso en el
famoso convento de San Esteban de Salamanca. Y allá se encaminó el aspirante al
santo hábito dominicano, siendo recibido en dicho convento por los años de 1661,
y profesando allí mismo con fecha de 10 de septiembre en 1662.
A partir de este paso trascendental, ya no pensó Fr. Pedro
sino en santificarse por medio de la práctica más escrupulosa de la observancia
regular y del ejercicio constante de las virtudes monacales, a la vez que se
entregaba de lleno al estudio de las ciencias eclesiásticas para ser un ministro
útil en la viña del Señor. Sediento del amor divino, que constituía el único
blanco de sus aspiraciones, llegó en poco tiempo a tan alto grado de virtud, que
podía considerársele como un perfecto dechado del buen religioso.
Dotado de clara inteligencia, fue nombrado colegial de
Cayetano, distinción que únicamente se otorgaba a los estudiantes muy
aventajados por sus prendas intelectuales y por su aplicación. Dada la
preferencia al estudio de la Sagrada Escritura, que llegó a dominar de un modo
admirable, y a la lectura de los Santos Padres, sobre todo de San Gregorio en
sus Lecciones Morales sobre Job.
Concluida la carrera y ordenado de presbítero, trató de
seguir la ruta de los grandes misioneros, que ansiosos de la salvación de las
almas y ardiendo en el celo de la gloria de Dios, buscaban campo abierto a las
santas expansiones de su espíritu en las vastas regiones del Nuevo Mundo.
Fr. Pedro en las Misiones de América y del África
A las Misiones de América enderezó sus pasos nuestro celoso
Fr. Pedro, dispuesto a emprender con el mayor entusiasmo las tareas de la vida
apostólica, deteniéndose algunos días en el convento de San Pablo de Sevilla,
hasta que salió de Cádiz el navío que le condujo a su destino.
De las noticias algún tanto vagas v confusas que nos dan los
primeros biógrafos de nuestro Venerable acerca de su apostolado, deducimos que
fueron teatro de su actuación por espacio de diecisiete años los inmensos
territorios de la Nueva España, El Perú, Bolivia, Colombia, Venezuela,
Guatemala, Isla de Cuba y Tierra de Fuego; y en la costa occidental de África,
las Islas de Cabo Verde, Guinea, Angola y Colonias del Cabo de Buena Esperanza.
En las Islas Canarias predicó el Evangelio por espacio de tres años, y en
Andalucía por espacio de otros tres, hasta que le llamó el Señor a mejor vida
después de veintitrés años de fecunda labor misional.
Su apostolado del «Rosario
Lema
constante de su predicación evangélica fue la devoción a la Santísima Virgen por
medio del santo Rosario, del que era devotísimo nuestro Misionero y cuyos
misterios constituían el tema favorito de sus pláticas y sermones y de sus
meditaciones cotidianas.
Fr. Pedro de Santa María y Ulloa fue el grande apóstol de
esta devoción mariana en el siglo XVII, como antes lo había sido el beato Alano
de Rupe en el siglo XV y lo fueron después el beato Luis María Grignón de
Monfort en el primer tercio del XVIII y San Antonio Claret en el XIX.
Hablando del santo Rosario, decía él que era *e/ sánalo todo»; y
ciertamente que en sus manos tenía la maravillosa virtud de sanar las almas y
los cuerpos, moviendo los corazones a penitencia y curando milagrosamente muchas
enfermedades.
En sus correrías apostólicas preocupábase principalmente de
sembrar la sagrada doctrina, dejando a la Divina Providencia el desarrollo de la
mies, sin esperar a recoger los frutos de la cosecha; v así paraba poco en los
pueblos, buscando siempre nuevo campo a sus actividades evangélicas, a ejemplo
del Divino Maestro y del gran Apóstol de las Gen tes. Varón apostólico de
prodigiosa acti vidad, tan pronto estaba en África como en América, acudiendo
presto a donde quiera que el espíritu del Señor guiaba sus pasos, y donde la
necesidad era más urgente, sin reparar en distancias, ni en viajes penosísimos y
llenos de peligros, a través de selvas y de mares.
Su itinerario apostólico
No podemos concretar fácilmente y con seguridad el orden de
su itinerario evangélico. Parece que recorrió dos veces las costas africanas, y
otras dos los países americanos antes indicados, interrumpiendo su apostolado en
dichos continentes con un viaje a la Península y a Roma.
En el año 1668 ya había dado comienzo a su labor misional,
según se infiere de una carta suya dirigida a su madre, de la cual transcribimos
el párrafo siguiente: «Yo madre mía, gozo salud en estas tierras, aunque con
algunos trabajos. Estoy aprendiendo una lengua más que bárbara para predicar a
estos bárbaros la fe de Jesucristo y su doctrina; y en esto perseveraré hasta la
muerte si el Señor no dispone otra cosa». No sabemos a qué clase de gente alude,
porque la data de la carta solamente dice: «De estas no conocidas tierras, y
noviembre del año 1668".
Dicen los biógrafos del Venerable, don Tomás Pedro de
Andrade, el P. La Llana y el P. Quintana, que estas tierras desconocidas desde
donde escribía a su madre por medio de un Padre Mercedario, eran tierras muy
remotas de negros, donde se dirigió después de haber evangelizado en la Nueva
España y El Perú; pero esto último no es posible sino en la hipótesis de que
haya error en la trascripción de la fecha de la carta, porque habiendo profesado
Fr. Pedro en el año 1662 y suponiendo que no haya hecho más que cinco o seis
años de carrera, no pudo salir de Salamanca hasta el 1668 o todo lo más el 1667.
Por otra parte, afirman los mismos biógrafos que llegó a Guatemala en el año
1669, lo cual quiere decir que si comenzó su apostolado por Nueva España y El
Perú no podía hallarse en África en el 1668. De no ser así, es forzoso admitir
que evangelizó primero en las costas africanas que en el Nuevo Mundo y no es
improbable que en viaje de tránsito se detuviese nuestro Misionero en Cabo
Verde, Guinea o Angola, para hacer allí apostolado antes de llegar a las Indias,
como dicen que lo hizo en su segundo viaje de España al Nuevo Mundo. En este
supuesto, pudo llegar a Guatemala en 1669 despues de un año poco más o menos de
campaña misional por países de negros.
Su apostolado en Guatemala y América del Sur
Al llegar a Guatemala, dicen sus biógrafos que le ocupó la
obediencia por algún tiempo en la instrucción de los novicios y en la enseñanza
de la Filosofía a los colegiales del convento, contrariando sus aspiraciones,
que eran las del apostolado; y que también desempeñó interinamente el cargo
parroquial. Pero ansioso de predicar el Evangelio, y de procurar por todos los
medios la salvación de las almas, embarcó con rumbo a Venezuela, corriéndose
después a otros países del interior en constante y fructífero apostolado, y
propagando por doquier la devoción a la Santísima Virgen por medio de su
Rosario, con éxito rotundo en conversiones de infieles y pecadores, y en una
reforma completa de costumbres en los pueblos por donde transitaba. En Caracas,
en Lima, como en otras poblaciones importantes de Venezuela y del Perú, dejó
nuestro santo Misionero profundas huellas de su paso, estableciendo en todas
partes la piadosa costumbre del rezo público del Santo Rosario, en la iglesia,
al despuntar el alba, al medio día, y al anochecer, a toque de campana y con el
concurso de todo el vecindario.
Su viaje a la Península y a Roma
Después de haber evangelizado los países de Nueva Granada, y
el Perú, regresaba Fr. Pedro de Ulloa a la ciudad de Caracas para embarcar con
dirección a Guatemala y de allí emprender viaje a la Península por los años
1672, deteniéndose algunos días en Tenerife y pasando luego a Roma, donde obtuvo
licencia del General de la Orden para rea nudar su campaña de apostolado en las
Indias, con el cargo de Comisario general en aquellas Provincias, según dicen
sus biógrafos.
Su apostolado en las Costas Africanas
Poco tiempo después partía de Cádiz en un navío que hacía
escala en puertos de negros de la costa occidental africana; y con tal motivo
detúvose para ejercer el apostolado entre aquellas gentes, difiriendo su llegada
a las Indias.
De esta segunda etapa de la vida apostólica de Fr. Pedro de
Ulloa, encontramos algunos datos concretos que pueden orientarnos sobre su
itinerario evangélico, en su biografía trazada por el P. La Llana. Sin embargo,
no podemos precisar los nombres de los distintos países de negros evangelizados
por el gran Misionero gallego, porque en su extrema humildad, jamás quiso hacer
relación de ellos, limitándose a decir: que la cosecha había sido abundante y
que los negros que abrazaban la fe católica eran después buenos cristianos, a
quienes se les pegaba mucho la devoción a la Santísima Virgen.
Entre los hechos concretos que nos cuentan los biógrafos del
apostolado de Fr. Pedro, anotaremos el siguiente: Llegado a un puerto, que según
las señas pudo ser el de Loanda, en el Reino de Angola, salió a recibirle el
Obispo, que era franciscano, lamentándose de la triste situación en que se
hallaba en aquel pueblo, entregado a la maldad y dividido en bandos que
ocasionaban muchos asesinatos, entre los cuales tenía que llo rar el de Deán de
la Catedral. Consolóle nuestro Misionero, tomando por su cuenta la reducción de
aquella gente al buen camino; y después de dirigir la palabra repetidas veces al
pueblo y de establecer el rezo público del santo Rosario como medio preventivo
para preparar los corazones y atraerlos al bien, fue tal la mudanza
experimentada, que hubo de emplear cuarenta días en recibir las confesiones sin
número de pecadores que acudían arrepentidos a sus pies, dejando aquel pueblo
completamente transformado. Después ejerció el apostolado con mucho fruto en
otros lugares de aquel reino.
Su predicación en Perú, Bolivia y Nueva Granada
Terminada su misión en Angola, prosiguió su viaje a las
Indias, encaminándose a la ciudad de Lima, donde trabajó sin descanso para
reformar las costumbres, estableciendo el rezo público del santo Rosario con el
éxito más halagüeño, en la forma que ya dejamos indicada. Luego enderezó sus
pasos a la rica región del Potosí, en la Bolivia actual. Allí tuvo revelación de
la muerte de su madre, que le pedía sufragios para salir del Purgatorio, y
ocurriéronle sucesos muy extraños que la brevedad de este trabajo nos impide
relatar.
En sus correrías apostólicas llegó nuestro infatigable
Misionero a la ciudad de Nueva Pamplona, donde ejerció el ministerio de la
predicación con mucho fruto por espacio de ocho días. Hospedóse en el convento
de la Orden, y ai salir de allí diéronle por compañero a un novicio para que lo
llevase a Santa Fe de Bogotá; hecho providencial, porque así podemos conocer
interesantes detalles de su vida apostólica, consignados por un testigo ocular.
Caminaba el santo varón con mucha modestia y recogimiento, aprovechando cuantas
ocasiones se le presentaban para exponer la divina palabra y exhortar a la
virtud a las gentes que encontraba a su paso. Cuando se hallaban solos, iban
rezando el santo Rosario o platicando de cosas espirituales. Al llegar a una
posada para pernoctar, rezaba el Oficio divino y una parte del Rosario, y luego
escribía algunas notas para sus sermones cotidianos. Después conversaba
afablemente con los mesoneros y con los huéspedes, haciendo recaer la
conversación con mucha habilidad sobre el tema de la devoción a la Santísima
Virgen, e instruyéndolos en el rezo y la meditación de los misterios del
Rosario, con lo cual hacia grande fruto en las almas. Procuraba que cuidasen muy
bien a su compañero; pero él no comía más que unas hierbas, disimulando la
penitencia con que el estómago era delicado y no le convenía otra clase de
alimentos, y dormía sobre el duro suelo.
A su paso por la cuenca del río Chicamocha era tan
insoportable el calor, que el pobre novicio ya no podía tolerarlo; y temiendo el
santo Misionero que muriese de insolación, compadecido de él, hizo oración a
Santa Rosa de Lima con tanta eficacia, que al terminar la súplica extendíase
sobre ellos una nube que los defendió- de los ardores solares hasta trasponer
aquella zona.
En su constante caminar llegaron al convento dominicano de
Tunja, donde se detuvieron tres días. Fr. Pedro aprovechó para predicar al
pueblo. De allí pasaron al convento del Ecce Homo, donde permanecieron dos días,
y por fin arribaron al de Santa Fe de Bogotá, siendo muy agasajados por el Prior
Fr. Diego de Ochoa, que pronto se dio cuenta de la gran virtud del P. Ulloa.
Hizo muy buen apostolado en la ciudad durante quince días, y al cabo de ellos
salió para Cartagena, acompañado de un hijo del Marqués de Santiago. Allí
detúvose algún tiempo en fructífera labor evangélica, y desde esta ciudad
embarcó con rumbo a San Cristóbal de La Habana con fecha de 1682.
Su apostolado en las Islas de Cuba y de Canarias
Por el mes de junio del mismo año enviaba Fr. Pedro desde La
Habana a las Provincias de Nueva España al P. Francisco Tejera del Manzano,
religioso de las Canarias, con el encargo de recaudar fondos para fundar un
convento de monjas dominicas en Tenerife, entre tanto él se dedicaba a las
faenas evangélicas en la Isla de Cuba. Y cuando hubo reunido diez mil pesos para
su obra en proyecto, emprendió viaje a las Islas Canarias, donde permaneció por
espacio de tres años, haciendo apostolado constante en todas partes, con el más
lisonjero éxito. Sucedióle más de una vez, que predicando en un pueblo oíanle en
otros muy distantes como si estuviera allí presente, multiplicándose de un modo
maravilloso los efectos saludables de su predicación. Llamábanle en todas partes
el Apóstol de Canarias y el Padre de los Pobres, porque se desvivía por
el bienestar y procuraba por todos los medios el alivio de los desheredados de
la fortuna, hasta el extremo de despojarse de su ropa interior para vestir a los
desnudos.
Recogido el fruto de sus tareas evangélicas con la reforma
total de las costumbres populares y la conversión de sinnúmero de pecadores, y
establecido el rezo público del santo Rosario en todos los pueblos isleños,
trató de abandonar aquel país, donde querían hacerle Visitador general de la
Orden, huyendo del aplauso popular; y teniendo que asistir como Definidor por la
Provincia de Santa María de Candelaria de las Canarias, al Capítulo general de
la Orden, consiguió su intento. Dejaba instaladas quince Terciarias Dominicas en
su nuevo convento de Tenerife al ausentarse de aquellas Islas.
Su segundo viaje a España y a Roma
Con fecha de 1685 embarcaba con rumbo a Cádiz, encaminándose
luego a Roma, donde asistió en calidad de Definidor al Capítulo general allí
celebrado y obtuvo después la aprobación del General de la Orden y del Sumo
Pontífice para consagrar el resto de su vida a la propaganda del santo Rosario
en la Península, fijando su residencia en el convento de San Pablo de Sevilla, a
mediados del año 1687, del cual era Prior el P. Gaspar de la Mota, grande amigo
y admirador de nuestro Venerable.
Su apostolado mariano en Andalucía
A partir de esta fecha emprendió la obra de un intenso
apostolado mariano en el Reino de Andalucía, y con su predicación constante en
la iglesia conventual, en la Catedral de Sevilla y en las iglesias parroquiales,
supo Fray Pedro de Santa María y Ulloa hacer de la tierra andaluza un verdadero
feudo de la soberana Emperatriz de los Cielos.
De este apostolado dice el P. Diego de La Llana, biógrafo de
nuestro Venerable: «Empezó a predicar el Siervo de Dios el Santísimo Rosario; y
aunque es verdad que a los principios tuvo grandes dificultades y en todo
encontraba tropiezos, todo lo venció con fortaleza y constancia... En breve
tiempo conmovió toda esta populosa ciudad (la de Sevilla) de modo que en
parroquias, conventos, y casas particulares, calles y caminos, no se oía otra
cosa sino alabanzas a la Santísima Virgen en la devoción de su Rosario Sagrado;
juntándose a esto una reforma universal, así en trajes como en costumbres; de
manera que se vio tan mudada la ciudad, que parece había bajado del Cielo otra
nueva; pues lo que en ella se oía y se tocaban eran alabanzas a Dios, frecuencia
de Sacramentos y ejercicio de virtudes. ¿Pues qué diremos después que murió este
Siervo de Dios?. Era una gloria el ver esta ciudad; pues por las madrugadas, y a
las noches salían de distintas iglesias Rosarios, como hoy en día permanecen,
con tan grande concurso, que en aquellos primeros años se contaban dos y tres
mil personas en algunos de los Rosarios, que salían con tanta diversidad de
voces, e instrumentos, que a la verdad parecía un remedo de la Gloria».
Tres horas cada día dedicaba el Siervo de Dios al rezo y
exposición de los misterios del Rosario, al amanecer, a las once de la mañana y
al anochecer; los domingos por la tarde pasábase otras tres o cuatro seguidas en
el pulpito, y luego acudía al confesionario a oír las confesiones de los que,
movidos por su predicación, querían mudar de vida.
A la propaganda del santo Rosario hubo de añadir la tarea de
combatir, y desarraigar de muchas almas, las heréticas doctrinas de Miguel de
Molinos, que hacían grandes estragos en Sevilla, logrando desterrar de ella por
completo la nueva secta del Molinismo.
Su santa muerte y su entierro apoteósico
En esta labor constante de fecundo apostolado agotó su vida,
pues el día 20 de mayo del año 1690, rezando el Rosario en el pulpito a la hora
del alba con el pueblo, le acometió la enfermedad que a la misma hora del día 6
de junio cortaba el hilo de su preciosa existencia con la muerte del justo.
Divulgada la noticia de su fallecimiento por toda la ciudad,
acudió el vecindario en masa para venerarle como santo, en tal forma, que fue
preciso vestirle por tres veces porque la gente se llevaba su hábito en trocitos
como reliquia, y cuéntanse muchos milagros obrados por su mediación.
El Cabildo catedral en corporación, In Justicia y Regimiento,
la Nobleza y el pueblo acudieron al funeral de entierro, en el cual predicó la
oración fúnebre el Presentado Fr. Alonso Bermúdez, y en los de honras, el día
17, el P. Lector de Teología Fr. Antonio de Cáceres, y el 22 el Presentado Padre
Guerrero.
Sus virtudes heroicas y dones sobrenaturales
A la hora de su muerte no se encontraron en su pobrísima
celda más que algunos libros y manuscritos, y en varios escondrijos los
instrumentos de tortura con que martirizaba su cuerpo, en expiación por los
pecadores, este gran Siervo de Dios. Su lecho era un saco de paja con un haz de
astillas de madera por almohada y sin una sola pieza de ropa para abrigarse.
Fue nuestro insigne Misionero un ejemplar viviente de las más
heroicas virtudes, y estaba dotado de los dones de profecía, discreción de
espíritus, y de hacer milagros. Vivía en continua oración y en alto grado de
contemplación e íntimo trato con Dios, y aún le quedaba tiempo para escribir
obras tan interesantes como las que detallaremos a continuación.
Venérasele en su pueblo natal con el nombre de Fr. Pedro
Manzanas, por el primer apellido de su padre, y celébranse anualmente grandes
fiestas en su honor, con extraordinaria concurrencia de gente de toda la
comarca, el día de Pascua de Resurrección y los tres domingos siguientes.
(Texto cedido por Ana María López Pérez, que coordina junto a
Beatriz Varela Pazos y Yolanda Vázquez Iglesias una investigación sobre este
fraile)
