Calvario.
La vega apaga sus ocres uno a uno, transfigurando la penumbra
en un pálpito intermitente, que es aliento final de su efímera e imposible vida.
A intervalos se escuchan sus breves suspiros de melancolía, descubriendo en ese
instante el misterio escondido que atesoran antes de entregarse al aire denso de
la vega.
Hacía tiempo que estaba allí, asomada al barandal. Ahora
sola. Se había quedado absorta mirando el eterno milagro de las tardes de la
vega, y quiso por un instante fundirse en la nada, abriendo los brazos y
entregándose a la mortal melancolía de la penumbra sin retorno. La detuvo la
inesperada cercanía de unos pasos cansados, muy cansados, que buscaban la cita
de siempre un poco más allá, en el banco, junto a la Cruz.
No la vio. Ensimismado en su rutina, la cabeza baja, se había
sentado con la ayuda de su viejo bastón. Ella sí lo reconoció. Era el amigo de
su abuelo, con quien venía aquí todas las tardes hasta que, ya hace unos años,
empezó a faltar a la cita. Una vez los había visto. Los dos sentados, en
silencio, mirando a la vega. No sé cuánto tiempo permanecieron así. Luego él
había levantado la vista y llamó al abuelo de un empujoncito. Se volvió hacia
donde estaba. Jamás olvidaré su cara. Estaba iluminada, con una sonrisa muy
serena. Vamos compadre, le dijo. Y los acompañé hasta casa…. Hablaban
casi sin respirar de sus recuerdos. Personas y momentos se amontonaban en cada
palabra y siempre he pensado que se contaban sus silencios del Calvario….
Pare ella no había más recuerdo que aquel chico con quien
había estado allí, hacía unos momentos. Llegaron discutiendo… como casi siempre
desde que ella le había pedido salir hace unos días, llena de vergüenza. Él al
principio no quería, aunque nunca le dijo por qué. Ella le gustaba… como otras,
pero no sentía nada especial… Prefería dejarse llevar… Y tuvo miedo… Ocurrió en
un beso. Ella cerró los ojos…Sonreía. Se entregaba. La sintió enamorada… de él.
Y temblaron sus sentimientos… Aquello era diferente… Y se marchó, de pronto,
corriendo… Ella siguió esperando..esperándole, queriéndole en silencio. Él cada
vez estaba más reservado. Y esa tarde le había dicho palabras muy fuertes, con
el rostro bajo…. Y ella le contestó. Le dijo cosas…que no sentía en absoluto…
Pero, al llegar al Calvario, ambos se callaron. Se sintieron sobrecogidos por
otro silencio distinto, pero que conocían bien… Lo habían escuchado otras veces
también aquí…. Pero nunca a esta hora, en un día como hoy… Era el silencio de
los nazarenos de la Piedad en la Madrugada. Él se estremeció. Volvió a ver en su
alma el beso de ella. Y se fue… para siempre…
Ella seguía allí, todavía con lágrimas, mirando la vega, que
le parecía una transparencia oscura de sus sueños de enamorada. Alguien entonces
la llamó. Por un instante pensó que había sido… No. Era aquel hombre, que
parecía despertar también de sus silencios… y la estaba mirando… con la misma
sonrisa de su abuelo y un cariño infinito… Ella se acercó y le dio un beso en
las mejillas. Luego se sentó junto a él. Y el silencio volvió al Calvario… y la
vega, casi oculto el sol, recibía la última sonrisa del pueblo.
(Publicado en la
revista "Piedad" en Cuaresma del año 2004)
Carlos José Romero
Mensaque

En la Orilla.
EL VALOR DE LA PROMESA
La orilla se engalanaba de luces de cera en un Rosario
de Gala. La armonía de padrenuestros y avemarías evocaban fechas idas en el
tiempo, pero que todavía los viejos retenían en la eterna memoria de la emoción.
Melodías entrañables envolvían cada Misterio, con coplas
breves, de estribillo pegadizo y esas saetas que, de vez en cuando, gritaba a la
difusa penumbra de la madrugada la voz dominante del capellán.
En esta madrugada alguien llevaba con su luz el grito callado
de una súplica apremiante, nerviosa, que no lo dejaba vivir. Su farol de asta,
inmenso, le consumía rápidamente sus débiles fuerzas y cada nueva parada,
parecía que iba a abandonar. Era uno de los faroles de promesa que algunos años
la Hermandad debía contratar su porte en la procesión. El Prioste se angustiaba
al ver el rostro desencajado del penitente, pero nada podía hacer.
Ante la Virgen, hace unos días, se pasó toda la tarde en la
capilla. Después lo vinieron a buscar con expresiones de dolor y desesperanza.
En la Hermandad no eran ajenos a lo que ocurría en aquella familia. Sabían que
sólo podían hacer lo mismo que él. Las gentes del barrio conocían bien el
precario valor de la vida. No esperaban más milagros que el sentirse
acompañados, consolados por la Madre del Rosario, la Patrona y Señora de sus
vidas... y sus muertes.
Hacía frío aquella madrugada. Las coplas sonaban un tanto
quedas y el capellán debía forzar su voz para animar en los estribillos. Sin
embargo, él estaba bañado en sudor, arrastrando el farol como si cargara una
cruz. Miraba la luz...Esperaba llegar, conseguir cumplir la promesa, una promesa
más allá del esfuerzo, era un compromiso... de amor. Y ahora, ante la desgracia,
Alguien se lo hizo descubrir.
Al alba, durante la misa en la capilla, aquel rostro parecía
encendido, distinto. Los hermanos, después, lo abrazaban entre lágrimas. Nunca
lo habían visto antes llorar. Ahora se dejaba querer...y agradecía.
Dentro de unas horas saldrá la Procesión. Las gentes miraran
a la Virgen y notarán el nuevo milagro en el eterno misterio de su mirada que a
todos bendice. Desde sus ojos, llenos de luz y vida, Dios se hace presente en la
orilla.
Carlos José Romero Mensaque
Las hogueritas de la Vida.
Sonaba la atardecida en la vega como un eco infantil de voces
lejanas, confusas, atropelladas... que se confunden en la puerta de la iglesia
con la melancolía de miradas de años que se sonríen al entrar para el rosario.
Ella venía de casa de una amiga y había querido entrar en la
iglesia. Las campanas la habían sorprendido rezando, casi a oscuras, ante la
imagen de la Piedad. Se hallaba presa de una inquietud nerviosa que no podía
dominar, que quizá fuera una tontería - ¡una más! que diría su madre- pero que
necesita contársela a alguien... en quien pudiera confiar... De eso se trataba,
precisamente. En la catequesis alguien iluminó su corazón hablando de la amistad
como el sentimiento que más llena en la vida.. porque se basa en la confianza,
en saber que tus palabras del alma quedarán siempre a salvo en el de la otra
persona... Esta mañana aquella luz se apagó cuando quiso abordar el tema en la
clase de Religión. Ni una sola de sus compañeras, algunas las presumía amigas,
podía confiar de verdad en las demás...
El toque de Oración interrumpió aquel diálogo silencioso. Se
acordó entonces de que era víspera de la Inmaculada y quiso salir a dejarse
llevar por el sonido de la tarde, que se convertía para ella en una sinfonía de
recuerdos de niña, cuando ayudaba a sus hermanos a apilar leña para la hoguerita.
Se dijo que entonces, mientras miraba embelesada el fuego y jugaba con las
amigas a ver quién resistía más tiempo su calor, no pensaba en el frío que hacía
en esta tarde de diciembre. ¡Lo notaba ahora tan cerca... tan dentro!...
Por un instante quiso volver a ser aquella niña y correr
hacia la hoguera que veía bien cerca, abajo... Se dijo que no, que tal vez fuera
luego con sus primitos, porque su tía los dejaba a su cuidado... Y luego, por la
noche, volvería de nuevo a la iglesia y en la Vigilia, junto a los amigos de
Confirmación, encendería con la Virgen una vela a la esperanza.
(Publicado en la Hoja
informativa "Piedad" de El Viso en Diciembre del año 2001)
Carlos José Romero
Mensaque

Una tarde en París.
La tarde
adivinaba el rojizo presagio de las sombras nocturnas. París sonreía cansado en
una intensa despedida de luz a los pies de la colina de le Sacré Coeur.
La blanca mole de piedra albergaba confuso gentío, en parte silente, situado en
el acotado espacio de oración, en parte, con ese extraño sonido contradictorio
del turista que se deja llevar de un lado a otro sin fijar en nada su atención.
Ella sí sabía muy bien dónde estaba y lo que deseaba con todo
su corazón. Era una chica joven, en esa edad entrañable de la primera juventud,
donde la vida es todavía nostalgia no asumida de la infancia y apasionante
búsqueda de una sensibilidad afectiva que ilumina los ojos con el ardor del
corazón. En uno de los bancos reservados a la oración, se encontraba abstraída
del molesto siseo, de la rutina de las velas de promesa, de la masa informe de
gentes sin sentido. Estaba de rodillas, con la mirada absorta, ora en el altar
mayor, ora en el suelo, dejando escapar, sin querer contenerse, lágrimas que
salían del alma. Era un dolor que nacía y se calmaba al ritmo lento del cerco de
esas lágrimas que no se molestaba en secar. No había en ella desesperación, ni
angustia, sino una resignación activa, comprensión de lo irremediable,
esperanza, quizá confianza inexplicable, pero que la confortaba
La veía en la distancia de unos bancos más adelante, y
recordaba aquella entrevista en el instituto, con la todavía muy reciente
impresión de la muerte de aquel familiar tan querido. No es fácil acompañar en
el dolor a una chica con sus inquietudes, inquietudes que me recuerdan la frase
que escuché en boca de un hombre con corazón de niño que vivía sólo para los
demás: "Yo no sé sentir, sé querer". Y el amor se presentía en ella con cada
palabra, en cada gesto, en las lágrimas que no intentaba contener. Incluso en
esas dudas que la angustiaban, ese reproche sordo al Señor de la Vida,
incomprensible, casi contradictorio. No había amargura, sino una extraña armonía
de angustia y consuelo. Era una certeza profunda de que no habitaba soledad en
su recuerdo por el ser querido, que el cariño de tantos momentos llenaba la
ausencia llorada. Era algo tan fuerte que no podía dejar de sentir ese amor que
inundaba la muerte, amor compartido en una familia, en una amistad de sinceros
encuentros. Dios estaba allí, llorando también por ella, con ella, también con
su padre en una dimensión incierta del milagro pequeño.
Cuando acabé de rezar, todavía seguía allí, ensimismada en
sus recuerdos. Ya no lloraba. Se mostraba con un semblante sereno, decidido,
seguro de sí. Me impresionó profundamente. En el atrio se encontraban los
profesores y alumnos de nuestro Viaje Fin de Estudios. Estaban preparando la
foto oficial y todos se iban sentando en las escalinatas. Pensé en ir a
avisarla, que no se perdiera la foto, pero entonces ya salía sonriente, como si
nada hubiese ocurrido en el interior de la iglesia. Cuando, con la cámara
dispuesta, enfoqué a todo el grupo, no pude menos que fijar mi atención en ella.
Era como ese milagro anunciado fechas atrás. Su cara iba a poco iluminándose con
una belleza nueva, como si se llenara de esa luz brillante, llena de vida y amor
que París entregaba cada noche desde le Sacré Coeur.
Carlos José Romero Mensaque

Atardecía en Montmartre.
EL RETRATO
Atardecía en Montmartre. En la pequeña plazuela de los
artistas se adivinaba el encanto de la bohemia, quizá en demasía convertida en
atractivo turístico, pero que en cualquier caso significaba una mirada cómplice
a un mundo menos lógico, a ese deseo inconfesado a veces de vivir la existencia
como una aventura donde se goza el instante sin que éste exista como dimensión
temporal…
Había llegado allí nervioso y preocupado en busca de varias
alumnas, que no se habían presentado a la hora fijada en la estación del
funicular. Algunas miraban el trabajo de los artistas, otras todavía no
terminaban de decidirse en las tiendas entre una torre Eiffel de plástico o
aquel calendario del Louvre. Reconozco que estuve un poco desagradable. El
apremio resultaba tan necesario como inoportuno para ellas, pero los compañeros
llevaban ya media hora de espera. Proseguí mi búsqueda entre los puestos de los
pintores, cuando me percaté, con mal disimulado enfado, que uno de ellos
comenzaba a bosquejar el retrato al carboncillo de una de mis alumnas, que
posaba ajena a cualquier prisa o inquietud.
Me acerqué diligente a pedir explicaciones a ella y a la
amiga que la esperaba: "Pero no os dais cuenta de la hora que es… Vuestros
compañeros llevan esperando un buen rato y a ti no se te ocurre otra cosa ahora,
precisamente ahora, que hacerte un retrato. Su amiga intervino, disculpándose:
ya nos íbamos a ir, pero pasamos por esta plaza, y vimos como este hombre
terminaba de pintar a otra chica y nos encantó, preguntamos precio y nos
decidimos a hacernos el retrato. La verdad es que no miramos la hora… A mí acaba
de hacérmelo", me dijo, mostrándome su retrato con orgullo. Estaba confuso.
Reconozco que hasta entonces no había sido capaz de percibir más que mi propios
nervios. Poco a poco comencé a ver la escena con ojos nuevos: toda una multitud
se había aglomerado en torno al retrato que iba tomando forma en las ágiles y
precisas manos del pintor. Fue entonces cuando reparé en que me había colado
entre ellos y ahora me encontraba en primera fila. Pero lo que más me conmovió
fue la modelo: su cara era la imagen viva de la ilusión: sonreía tímidamente
ante las indicaciones en francés. Su belleza iba llenando de luz aquellos trazos
confusos. El pintor estaba encantado con ella, la piropeaba y yo me sentí
tremendamente feliz por ella porque aquel hombre estaba realmente impresionado
por el rostro aún niño de mi alumna, adivinando la mujer que asomaba en la
dulzura de su mirada, en sus pequeños labios entreabiertos, en la rotunda
valentía de su cuello.
El pintor, que comprendía mi situación, me aseguró que no
tardaría mucho, pero mi actitud había cambiado completamente. Aquel momento era
de ella y sólo de ella y yo no quería de ninguna manera robárselo. Le hice señas
que no tuviera prisa. Sonrió agradecido. Terminó al fin con gran teatralidad. La
chica quedó encantada, pero se le escapó un breve comentario ¡Me ha pintado como
si fuera mayor! ¿Fue un reproche o un descubrimiento?. Felicitamos al pintor,
que estaba realmente contento. Y nos fuimos corriendo hacia donde se encontraba
el grupo. El retraso era ya de una hora. Las tímidas gracias de la chica me
terminaron de hacer comprender que el Viaje era de ellos, y que acababa de hacer
posible un pequeño sueño.
En la última tarde que nos ofrecía París, decidí aprovechar
unas horas libres para volver a Montmartre. Era más fuerte que yo. Me adentré en
el interior de la basílica de Sacré Coeur, recé sentado en sus bancos y mi mente
se hizo un rosario de momentos del Viaje. Abajo, París se difuminaba entre las
penumbras de la tarde. Salí cuando el sol todavía brillaba tímido entre las
torres. Recorrí ensimismado las calles de Montmartre, respirando el tiempo que
no quería contar, aprovechando la pequeña brisa que dejaba el sol con su
ausencia, descubriendo le "charme" de la plazuela donde aquellos hombres y
mujeres artistas iban recogiendo sus pinceles, caballetes… ultimando todavía
algún retoque en una cuartilla, o finalizando un cordial regateo con un cliente…
La luz era ya sólo sombra de atardecida. Me acordé de aquella chica, de esa
belleza que sólo París puede revelar y que adivina en la mirada tímida de una
niña el amor florecido de la mujer.
Carlos José Romero Mensaque

La notaba extrañamente perdida en sus silencios y me
inquieté. ¡Cuántas veces Sabíamos sabido callar adivinando los pensamientos del
otro! Y ahora me pedía una palabra para romper un silencio que la perturbaba. La
conozco lo suficiente para sentir que algo envenenaba su alma de adolescente...Y
no era la tristeza de otras ocasiones...mientras paseaba por los patios del
colegio...frutos de desencuentros... Se trataba de algo más profundo...Lo sabía.
Lo temía...
Siempre te arriesgas un poco al hablar en clase de Religión a
estos chicos sobre el amor y la amistad porque no te puedes quedar en lo teórico
y necesariamnete hay que descender a la experiencia vivida por ellos, por
ti...Sus primeras palabras sonaron duras, difíciles, molestas: "¡He perdido
la ilusión en el amor! No sé. Es como si me hubiera dado cuenta de que te puede
gustar una persona, ilusionarte con ella...pero ¿amor? No. Ahora sé que no."
Y piensas en que quizá se ha hablado un tanto idealmente del Amor, de Dios...
que pueda parecer utopía cualquier experiencia humana...pero no era eso. Hablaba
de su vida, de su encuentro real con ese amor, o, por mejor decir...desamor.
Y la noto resignada, como quien abandona a su suerte una
batalla perdida...de antemano. ¿Quizá esté cansada de luchar?...Pero si sólo
tiene...No. No me puedo fijar en su edad. A veces el amor llega en un
instante...se va...pero deja la huella...la ilusión...el dolor....y en el amor
no hay edad. Y ella lo había soñado tantas veces. ¿Recuerdas? Aquel diario
que me enseñaste. ¡Dios! Cuántos sentimientos que creías perdidos, esas miradas
que podían derribar fortalezas inmensas...Y era verdad. Te reías mientras me
mirabas fijamente y notaba la fuerza de un amor que deseaba salir..de unas
inquietudes que te mantenían despierta....
Y llegó el amor, tímidamente, con caricias escondidas...con
miedos...y nació ese despertar intenso del sentimiento correspondido, del beso
que le abría las puertas de una dicha... sin fin... La duda... La amistad... Y
percibía su rostro de enamorada, el hechizo de su mirar que irradiaban
sentimientos a veces perturbadores.... Fueron momentos de vida que la hacían
ser. Se la notaba feliz... como nunca. Su sonrisa jamás había sido tan
encantadora.... Acuérdate. Veía a Dios en ti, en tu amor...Y esa voz que
sonaba firme, segura...y te animaba...
¿Y ahora? Siento que es la misma, pero algo ha cambiado en
ella...Y no es su amor que late con fuerza en un corazón siempre inquieto,
apresurado...que la invita a compartir ya sonrisas, ya lágrimas...que no pueden
reprimir, sin embargo, el azúcar de sus ojos...y te contagian su dulzura.
Tampoco es la fe...pues sigue bien vivo en ella ese Dios Amor, que tan bien
conoce...a quien siempre reza poniendo el alma en cada plegaria...¿Qué es,
entonces?.... Me dice que es la ilusión...de amar. Siente que ha perdido la
esperanza en un amor...como el suyo, que no lo descubrirá ya después de... Y
piensa que todo eso la ha hecho "madurar" como a los adultos. Y estas palabras
duelen, sobre todo, porque sé que no es verdad, que la madurez nace precisamente
del amor (que siempre es joven), nunca del desengaño...a pesar de todo.
Prefiero no insistir. Pero algo muy profundo me dice que sus
sombras se disiparán...y el amor llegará a su vida en silencio, desde la alegría
que piensa perdida, desde la inquietud que abre su corazón hacia los
demás....desde la ilusión que contagia entre sus compañeros cada vez que te
habla, te mira...y sonríe.
Ahora que lo pienso, me parece mentira que no sea ella quien
me haya escrito esto a mí.
Carlos José Romero Mensaque

Llama la atención. Su pelo corto teñido de rubio chillón y la
chaqueta negra de cuero definen una personalidad que trata de afirmarse, de
luchar por ser...entre la rutina de una mediocridad que tantas veces te anula,
te hunde en la triste angustia del sinsentido. Pero no tiene tiempo siquiera
para pensarlo. Su vida se sale de los esquemas convencionales. Tendría sí,
quizás, que hacer un alto en su camino y buscar algún alivio al desproporcionado
peso de una cruz que muchos le están haciendo cargar en su menudo . No puede más
y, sin embargo, su voluntad y unos hombros acostumbrados al dolor y al esfuerzo
la soportan con entereza...
Su semblante transmite coraje, ganas de vivir. Si no te fijas
en sus ojos te parecerá
encontrarte ante una persona que sabe encajar la vida con
optimismo, segura de sí misma, que contagia su vitalidad...Nunca la verás sola.
Son muchos los compañeros que ven en ella el valor que les falta, el cariño que
necesitan, la palabra de calor... Pero sus ojos están tristes, sin luz. No soy
capaz de ver en ellos sino amargura, soledad...Se ha dado cuenta de que la estoy
mirando. Me sonríe...pero es sólo un efecto agridulce el que expresa su rostro
cansado.
Tiene sólo 16 años, pero parece mayor porque ha ¿vivido?
mucho en muy poco tiempo. Le
cuesta estudiar. Le falta ...ilusión...Como a tantos jóvenes.
Sueña, sí, a veces, pero no es capaz de cerrar los ojos siquiera... No puede
permitírselo. Molesta, da coraje saber su realidad...Pero hay algo en ella, no
sé. Es como si sintiera que su corazón late con fuerza, queriendo salir... Ella
parece que no le da importancia. De hecho, no le gusta que se lo diga, le parece
cursi...Pero sin duda es su amor lo que bulle en su interior, un amor difícil,
de dar más que de recibir, de paciencia, de amistad...A veces le rompe el
corazón...pero la mantiene viva.
¿Cómo puede sentir tanto amor esta chica - me pregunto muchas
veces- si vive en su casa
un auténtico calvario de incomprensiones, al que no se ve
salida...¿Cómo puede dar tanto cariño quien lo ha sentido tan pocas veces?
Aquella noche, al acabar la clase, se animó a contarme algo de su dolor. .
Estábamos estudiando desde hacía varios días la Pasión de Cristo, trataba de
hacerles ver como Jesús quiso cargar en su cruz con todos nuestros sufrimientos,
con nuestras cruces sólo por amor... Pero ella nunca intervenía. Lloraba por
dentro porque se identificaba con aquel sacrificio por amor...mas callaba. No
pudo más. Rompió su serenidad de adulta y surgió la adolescente que quiere ser
comprendida, que quiere llorar...que necesita un poco de afecto. Fue sólo un
instante. Pronto volvió a su realidad. Era viernes y necesitaba salir,
divertirse, no pensar... Todavía quedaba mucho para volver a su casa.
No quería resignarse a la rutina del desencanto. Se niega a
aceptar sin más la sinrazón de
la violencia, de la degradación humana de alguien muy querido
que le está haciendo mucho daño a ella y los suyos...Pero su cruz...de amor...no
sólo anima, consuela. También devuelve a la vida, "resucita". Me enteré hace
poco. Ha sido algo que dice mucho de ella
Era compañera suya de clase, vecina y empezaban a ser amigas.
Compartían inquietudes, ilusiones y problemas...El mismo que ella, pero esta
chica no tenía su fuerza, su empuje. Se veía morir aplastada por una cruz que no
quería sentir como suya. Tuvo miedo..perdió el sentido de todo. Ya nada le
importaba y quiso morir. Se encerró en el cuarto de baño y se tomó cuantas
pastillas iba encontrando. Tuvo suerte. La encontraron todavía con
vida...Hospital, Psicólogo... Seguía igual. Quería morir. Entonces apareció
ella. No sé que le diría, pero noté que desde entonces su cruz le pesaba aún
más. La chica está aprendiendo a vivir. Son inseparables. Apenas la deja
respirar, estar sola. Ahora siente que hay alguien que le importa su vida, que
nunca la perdonaría si cometiese de nuevo esa locura.
Con vidas así. sé que Jesús sigue muriendo y resucitando
entre los hombres. Su amor no
puedo de dejar de sentirlo en esta adolescente, menuda,
simpática, con bastantes problemas de notas, con esa forma de vestir que crea
prejuicios ... pero que es capaz de dar su vida sin pensar ni siquiera en sí
misma.
Carlos José Romero Mensaque
