extos
y Reflexiones.

REFLEXIONES
SÓLO SEMILLAS
Cuentan que un joven paseaba una vez
por una ciudad desconocida, cuando, de pronto, se encontró con un comercio
sobre cuya marquesina se leía un extraño rótulo: «La Felicidad». Al entrar
descubrió que, tras los mostradores, quienes despachaban eran ángeles. Y,
medio asustado, se acercó a uno de ellos y le preguntó: «Por favor, ¿ qué
venden aquí ustedes?» «¿Aquí? —respondió en ángel—. Aquí vendemos
absolutamente de todo». «¡Ah! — dijo asombrado el joven—. Sírvanme
entonces el fin de todas las guerras del mundo; muchas toneladas de amor entre
los hombres; un gran bidón de comprensión entre las familias; más tiempo de
los padres para jugar con sus hijos...» Y así prosiguió hasta que el ángel,
muy respetuoso, le cortó la palabra y le dijo: «Perdone usted, señor. Creo
que no me he explicado bien. Aquí no vendemos frutos, sino semillas.»
En los mercados de Dios (y en los
del alma) siempre es así. Nunca te venden amor ya fabricado; te ofrecen una
semillita que tú debes plantar en tu corazón; que tienes luego que regar y
cultivar mimosa-mente; que has de preservar de las heladas y defender de los
fríos, y que, al fin, tarde, muy tarde, quién sabe en qué primavera, acabará
floreciéndote e iluminándote el alma.
Y con la paz ocurre lo mismo. Hay
quienes gustarían de acudir a un comercio, pagar unas cuantas pesetas o unos
cuantos millones y llevarse ya bien empaquetaditos unos kilos de paz para su
casa o para el mundo.
Claro que a la gente este negocio no
le gusta nada. Sería mucho más cómodo y sencillo que te lo dieran ya todo
hecho y empaquetado. Que uno sólo tuviera que arrodillarse ante Dios y decirle:
«Quiero paz» y la paz viniera volando como una paloma. Pero resulta que Dios
tiene más corazón que manos.
Bueno, voy a explicarme, no vayan
ustedes a entender esta última frase como una herejía. Sucedió en la última
guerra mundial: en una gran ciudad alemana, los bombardeos destruyeron la más
hermosa de sus iglesias, la catedral. Y una de las «victimas» fue el Cristo
que presidía el altar mayor, que quedó literalmente destrozado. Al concluir la
guerra, los habitantes de aquella ciudad reconstruyeron con paciencia de
mosaicistas su Cristo bombardeado, y, pegando trozo a trozo, llegaron a formarlo
de nuevo en todo su cuerpo... menos en los brazos. De éstos no había quedado
ni rastro. ¿Y qué hacer? ¿Fabricarle unos nuevos? ¿Guardarlo para siempre,
mutilado como estaba, en una sacristía? Decidieron devolverlo al altar mayor,
tal y como había quedado, pero en el lugar de los brazos perdidos escribieron
un gran letrero que decía:
«Desde ahora, Dios no tiene más brazos que los
nuestros.»
Y allí está, invitando a colaborar con Él, ese Cristo
de los brazos inexistentes.
Bueno, en realidad, siempre ha sido
así. Desde el día de la creación Dios no tiene más brazos que los nuestros.
Nos los dio precisamente para suplir los suyos, para que fuéramos nosotros
quienes multiplicáramos su creación con las semillas que Él había sembrado.
JOSÉ LUIS MARTÍN DESCALZO

EL AÑO EN QUE CRISTO MURIÓ ENTRE LAS
LLAMAS
Nunca he creído que Jesús
terminara de morir hace dos mil años. Nunca he aceptado que su muerte quedara
circunscrita a un rincón de la Historia, clavada —como una mariposa disecada—
en sólo una fecha, de un mes, de un año pasadísimo. Él, dicen los teólogos,
sigue muriendo no sólo por nosotros, sino en nosotros, encargados —según las
palabras paulinas— de concluir en nuestra carne lo que le falta a la pasión
de Cristo.
Por eso este año, para mí, será
ya siempre el año en que Cristo murió entre llamas a través de la carne de
este muchacho que se llama (no quiero decir que se llamaba) Álvaro Iglesias y
que el martes dio en Madrid su vida por salvar a tres desconocidos. Una nota de
este periódico decía ayer que, con esa muerte, Alvaro «ha honrado a la ciudad
de Madrid". Yo creo que mucho más: ha honrado a la condición humana, ha
honrado a la juventud entera.
Quiero confesar que —aun sin
haberle conocido— se me han llenado de lágrimas los ojos viendo su
fotografía, contemplando su pelo largo e imaginando la cazadora de cuero que se
quitó antes de entrar valientemente en las llamas y la moto que dejó sobre la
acera pensando que las vidas de quienes estaban en peligro valían infinitamente
más que una motocicleta. He llorado porque siento vergüenza:
¡Cuántas veces habré mirado yo
con desdén a muchachos como él, que atravesaban tal vez las calles
estruendosamente con sus motos ruidosas y sus veinte años exultantes de vida!
¡Cuántas veces les habré juzgado vacíos y me habré sentido agredido por su
vitalidad! ¿Cómo iría yo sospechar que tras sus melenas y sus ruidos había
un corazón tan limpio y tan entero como para jugarse la vida por tres
desconocidos? ¡Juro ante Dios que no volveré a hablar mal de los jóvenes! Una
generación capaz de producir un solo acto como ése no puede estar corrompida;
no está, sin duda, vacía.
Y espero que nadie se escandalice si
en este Viernes Santo me atrevo a hablar de él casi con las mismas palabras con
que hablo de Cristo. No sé siquiera si Álvaro tenía viva su fe. Pero quien
ama tanto, ¿cómo pensar que no estaba —consciente o inconscientemente— muy
cerca de Cristo?. Álvaro Iglesias celebró el martes pasado la mejor Semana
Santa de España, tal vez del mundo.
Me impresiona pensar que ha habido
en la muerte de este muchacho el reflejo de las tres grandes características de
la muerte de Cristo: libertad, gratuidad, salvación. La libertad de quien asume
un riesgo sin que nadie le obligue o le empuje a ello. La gratuidad de quien lo
hace no para salvar a amigos o a conocidos, sino a perfectos y totales
desconocidos. La salvación de quien recibe la muerte a la misma hora en que
tres personas han huido, gracias a él, de las llamas. Si un hombre es capaz de
realizar este triple milagro, es que no era cierta aquella afirmación de Nietzsche que veía en el hombre al "animal más descastado".
En verdad que desde aquel primer
Viernes Santo el mundo es mucho más caliente de lo que nos imaginábamos. No es
cierto que esté sembrado sólo de violencias, de ambición de poder. También
de amor. Y de amor en libertad.
Me pregunto si tantos españoles
corno buscan y gritan «Libertad» se darán cuenta que es precisamente el
Viernes Santo la gran fiesta de la libertad, siempre que se entienda por ella no
tanto el que nadie me maniate, sino el que yo no tenga maniatado mi corazón.
La libertad es Jesús: ningún otro
ser humano la practicó y vivió tan hasta el extremo. Fue, en vida, libre
frente a las costumbres y prejuicios de su tiempo. Fue libre ante su familia,
ante los poderosos, ante sus enemigos y ante sus amigos. Libre frente a los
grupos políticos y libre en la dignidad de su trato a las mujeres. Su sermón
de la montaña fue el más alto canto a la libertad interior. Vino a librar a
los enfermos de sus enfermedades y a los pecadores de sus pecados. Expuso su
mensaje dejando en libertad a sus oyentes. Nos enseñó a librarnos de los
falsos dioses y de las falsas visiones de Dios. Era tan libre —ha escrito Duquoc—, que hasta en sus gestos y actos parecía un creador.
Pero fue libre, sobre todo, en su
muerte. ¡Qué tremendo error si creemos que murió por casualidad! ¡Qué
cortedad de visión si pensamos que "le mataron" sus enemigos o que
cayó bajo un cruce de circunstancias históricas hostiles!
"Jamás hubo en la Tierra un
acto más libre que esa muerte", afirma Karl Adam. Y basta asomarnos a los
documentos que nos hablan de él para descubrir cómo se encaminó, consciente y
voluntariamente, a la muerte, con más decisión y consciencia de la que veinte
siglos después, este muchacho, imitador suyo, se quitaba la cazadora y
penetraba en las llamas asesinas.
Jesús penetró en la muerte "como
se adentra un suicida en el mar", ha escrito un poeta. Como un suicida que
no quisiera quitarse la vida, sino darla a los demás.
Por eso su vida fue toda ella un
largo Viernes Santo. Por eso el vía crucis, el camino hacia el calvario,
empezó desde el día de su nacimiento. "Nadie me quita la vida —dijo un
día—, sino que yo la doy por voluntad propia y soy dueño de darla y de
recobrarla" (Jn 10,18). ¡Y cuánta impaciencia porque llegase "su
hora"! "Con un baño tengo que ser bañado, ¡y cómo me apremia el
que se cumpla!", exclamaría otra vez (Le 12,50).
¿Es que no le gustaba la vida? ¿Es
que a Álvaro no le hubiera gustado más estar haciendo hoy esquí o pesca
submarina cerca de su casa de Marbella?
Afortunadamente, el hombre —todo
hombre entero— es más largo y más ancho que sus deseos personales.
Afortunadamente existe ese misterio que llamamos amor y que sólo terminamos de
entender cuando alguien da su vida por él, aquel viernes lejano, este martes
pasado.
En verdad que hoy me siento, a la
vez, orgulloso y avergonzado de ser hombre: orgulloso porque redescubro que el
corazón humano es más ancho que la más ancha playa; avergonzado porque los
más nos pasamos la vida achicándolo para que pueda cabemos en una caja de
caudales, no vayan a robárnoslo.
¡Qué maravilla, en cambio, cuando
—imitando a Cristo— alguien muere voluntariamente y por los demás! Recuerdo
ahora aquellos dos versos —milagrosos en su sencillez— con que Gonzalo de
Berceo describía la muerte de Jesús: "Y sabiendo llegada la hora de
partir, 1 inclinó la cabeza y se dejó morir." No murió, se dejó morir,
él, que era rey y dueño de la vida y la muerte.
Trato de imaginar ahora la muerte de
este muchacho cuando, después de salvar a tres personas, se sintió acorralado
por las llamas que prendían ya en su carne. Seguramente le dominó el terror.
Pero también seguramente comprendió que su vida estaba ya más que llena, que
él seguiría viviendo en los tres salvados que respiraban ya en la calle. Tal
vez pensó un momento en la moto que había dejado abandonada en la acera, en la
calla que habla quedado a medio beber en la barra de un bar. Tal vez descubrió
que aquel espanto de las llamas era como un reclinar la cabeza. Sin duda, supo
entonces que no moría solo. Supo que su amor al prójimo le había conducido
hasta la misma muerte que aquel Hombre-Dios que, dos mil años antes y llevado
por la misma locura de amor a los demás, "inclinó la cabeza y se dejó
morir".
JOSÉ LUIS MARTÍN DESCALZO
("Razones para la esperanza")

EL CRISTO DE LOS FAVORES
El anciano eremita Sebastián solía
hacer oración en una pequeña ermita aislada sobre una colina. En ella se
veneraba un crucifijo antiguo con el significativo título de «Cristo de los
Favores».
Con frecuencia llegaba gente de los
pueblos de alrededor para pedir gracias y ayuda.
Un día el anciano Sebastián se
decidió a pedir también él una gracia. Se arrodilló a los pies del Cristo y
rezó:
— Señor, quiero sufrir contigo. Déjame ocupar tu
puesto. Quiero estar yo en la cruz en tu lugar.
Se quedó en silencio con los ojos
fijos en la cruz espetando una respuesta.
De pronto el Cristo movió los
labios y le dijo:
—Amigo, acepto tu deseo, pero con una condición: pase lo
que pase, veas lo que veas, tú debes guardar siempre silencio.
—Te lo prometo, Señor.
Cambiaron los papeles. El anciano
Sebastián ocupó su puesto sobre la cruz.
Ninguno de los fieles se dio cuenta
de que ahora estaba el viejo eremita clavado en la cruz, mientras que el Señor
había ocupado el puesto del eremita. Los devotos seguían desfilando a pedir
favores y el anciano Sebastián, fiel a su promesa, callaba. Hasta que un
día...
Llegó un ricachón y, después de
haber rezado, se dejó olvidada sobre un banco una bolsa llena de monedas de
oro. Sebastián lo vio, pero guardó silencio. No habló tampoco una hora más
tarde, cuando llegó un pobre que, incrédulo ante tanta fortuna, cogió la
bolsa y se marchó. Ni tampoco abrió la boca cuando ante él se arrodilló un
joven que pedía su protección antes de emprender un largo viaje por mar.
En seguida vio volver corriendo al
hombre rico: creyendo que había sido el joven quien le había robado las
monedas de oro, gritaba a voces llamando a los guardias para hacerlo arrestar.
El anciano Sebastián no pudo aguantarse y gritó:
—¡Quietos!
Asombrados todos miraron a lo alto y
vieron que había sido el Cristo quien había gritado. Sebastián explicó cómo
habían sido las cosas. El rico se fue entonces en busca del pobre. El joven se
marchó de prisa para no perder el barco a punto de salir.
Cuando en el santuario no quedaba nadie, el Cristo se
dirigió al anciano Sebastián y le recriminó:
—Baja de la cruz. No eres digno de ocupar mi puesto. No
has sabido estar callado.
—Pero, Señor —protestó Sebastián todo confuso—,
¿iba yo a permitir tamaña injusticia?
—Tú no sabes nada —respondió el Señor—. Al rico le
convenía perder la bolsa porque con aquel dinero iba a cometer una
injusticia. El pobre, por el contrario estaba en extrema necesidad y le venía
muy bien aquel dinero. En cuanto al chico, si hubiese sido detenido por los
guardias habría perdido el barco y habría salvado la vida, puesto que en
estos momentos la nave está naufragando en alta mar.
El escritor Pedro Chiara, poco religioso,
era muy amigo del escultor Francisco Messina, que era, en cambio, un creyente
convencido.

EL ÁRBOL GENEROSO
Había una vez un árbol que quería
a un niño. El niño venia a visitarlo todos los días.
El niño cortaba pequeñas ramas del
árbol con las que entretejía coronas y jugaba a ser el rey de la selva.
Trepaba sobre el tronco y se columpiaba agarrado a las ramas. Comía de sus
frutos y luego, juntos, jugaban al escondite.
Cuando se cansaba, el niño se
quedaba dormido a la sombra del árbol al arrullo del rumor de la fronda, que le
cantaba una nana.
El niño quería al árbol con todo
su corazón. Y el árbol se sentía feliz.
Pero pasó el tiempo y el niño fue
creciendo. Cuando se hizo mayor, el árbol se quedaba muchas veces solo.
Un día el niño fue a ver al árbol
y éste le dijo:
- Acércate, mi niño, gatea sobre mi tronco y colúmpiate
en mis ramas; come la fruta, juega a mi sombra y diviértete.
-Soy ya demasiado grande para subirme a los árboles y
jugar, dijo el muchacho. Quiero comprar otras cosas para divertirme. Necesito
dinero. ¿Puedes darme dinero?
- Lo siento—, respondió el árbol, —pero yo no
tengo dinero. Tengo sólo hojas y frutos. Recoge la fruta, amigo mío, y ve a
venderla a la ciudad. Así tendrás dinero y serás feliz.
Entonces el niño se subió al
árbol, cogió toda la fruta y se la llevó. Y el árbol se sintió dichoso.
Pero pasé mucho tiempo y el niño
no volvía. Y el árbol se puso triste. Al fin, el joven volvió de nuevo. El
árbol tembló de alegría y dijo:
- Acércate, mi niño, gatea sobre mi tronco y
colúmpiate en mis ramas y diviértete.
- Tengo mucho que hacer y no puedo perder tiempo en gatear
sobre los árboles—, respondió el muchacho.
- Necesito una casa que me cobije, prosiguió. Quiero una
mujer y unos hijos, quiero formar un hogar. ¿Puedes darme una casa?
- Yo no tengo una casa—, dijo el árbol. —Mi casa es el
bosque. Pero tú puedes
cortar mis ramas y hacerte una casa. Y así
podrás ser feliz.
El niño cortó todas las ramas del
árbol y se las llevó para hacerse una casa. Y el árbol se sintió feliz.
Pasó mucho tiempo y el joven no
venía. Pero cuando volvió, el árbol estaba tan contento que apenas podía
hablar.
- Acércate, mi niño—, murmuró, —ven a jugar conmigo.
- Soy ya muy mayor y demasiado serio para ponerme a jugar—,
dijo el niño. —Ahora quiero una barca para irme lejos de aquí. ¿Puedes
tú darme una barca? " Corta mi tronco y hazte una barca—, dijo el
árbol.—Así podrás marcharte y ser feliz.
Entonces el niño cortó el tronco y
se hizo una barca para huir. Y el árbol se sintió dichoso..., aunque no del
todo.
Pasó mucho, mucho tiempo y el
muchacho volvió una vez mas.
- Lo siento—, mi niño, dijo el árbol, —pero ya no
me queda nada para darte... Ya no tengo fruta.
- Mis dientes son demasiado débiles para comer fruta—,
dijo el muchacho.
- Ya no tengo ramas—, siguió el árbol, —y no podrás
columpiarte.
- Soy demasiado viejo para columpiarme en las ramas—,
dijo el muchacho.
- Ya no tengo tronco-, dijo el árbol. —Ya no puedes trepar.
- Bastante cansado estoy yo, como para dedicarme a trepar—,
dijo el muchacho.
- ¡Qué pena!—, suspiró el árbol. —Me gustaría
tanto darte algo..., pero ya no tengo nada... Soy sólo un viejo tocón...
¡Cómo lo siento!...
- Ya no necesito mucho-, dijo el muchacho. —Sólo un
sitio tranquilo para sentarme y descansar. Estoy muy cansado.
- Bien , dijo el árbol, enderezándose, lo más que
podía, muy bien... Un viejo tocón es lo que se necesita para sentarse y
descansar. Acércate, mi niño, siéntate. Siéntate y descansa.
El niño así lo hizo. Y el árbol
se sintió feliz.
Shel SILVERSTEIN
Esta tarde siéntate en un rincón tranquilo y ayuda a tu
corazón a decir ¡gracias! a todos los "árboles" de tu vida.

FORMACIÓN RELIGIOSA
|
"J. C."
Pasabas
por allí.
No sé bien qué
vibró dentro de mí.
Y sin pensar, me fui
detrás de ti.
La luna en tu melena
me ayudó
a seguir tus pasos
por la acera,
pero, al doblar la
esquina del bazar,
no sé cómo, te
perdí.
En plena confusión
escuché
dentro de mi
corazón,
como una voz
marcando la señal,
iba diciendo:
Tú.
Tú y yo,
tú y yo,
tú y yo.
Como un radar en el
mar
que en el barco a
puerto quiere anclar,
aquella voz subía
de intención
o bajaba si iba mal,
o iba un poco mejor.
En miles de
"movidas" me metí
por seguir detrás
de ti,
pero, al final,
encontré el lugar
y, en medio de la
luz, estabas esperando…
Colgado de dos
palos,
y amarrado por los
pies y por las manos,
me pregunté quién
lo pudo hacer.
Trepé por la madera
y aparté de tu cara
la melena,
y te besé.
Tres palabras rotas
se escaparon de tus labios:
Tú.
Tú y yo,
tú y yo,
tú y yo.
Ignacio Cano.
Mecano
|
 |

TEXTO DE REFLEXIÓN
Érase una vez una pobre viejecita.
Vivía cerca del desierto, donde moraban unos monjes llamados "estilitas".
Vivían acurrucados sobre columnas, día y noche en oración.
La viejecita solía compartir su
pobre comida,-un poco de pan y leche de cabra-, con el monje más cercano al
poblado.
Pero un día le quiso llevar algo
especial: una cesta repleta de sabrosos racimos de uvas.
El monje se alegró mucho y no
encontraba palabras para agradecer a la anciana. Y ya se disponía a saborear
los jugosos frutos, cuando se acordó de su compañero que vivía a una hora de
camino por el desierto. -El sol y el viento del desierto le está resecando la
garganta-, pensaba- y necesitará refrescarse con estos racimos.
Y sin más, emprendió el largo
camino que le separaba de su compañero.
Cuando llegó, cansado, a los pies
de la columna, ató la cesta al cordel que el monje le había bajado desde lo
alto, luego se despidió con un amplio abrazo dibujado en el aire.
Al tener entre sus manos la cesta,
el santo varón dio un salto de alegría tan grande que casi se cae.
Pero, de improviso, se quedó
pensativo. Se acordó del monje que vivía en otra columna, a dos horas del
camino. -El sol y el viento del desierto está agobiando también a mi
compañero-, se dijo,- y necesitará refrescarse con estos racimos de uvas.
Y, sin pensarlo dos veces, bajó y
se fue a toda prisa hasta la morada de su amigo y compañero.
Pero la historia no termina aquí.
El mismo gesto de bondad y generosidad se repitió..una...otra...y otra
vez...por el inmenso desierto.
Y la cesta, repleta de racimos de
uvas, volvió a ser regalo refrescante para la vieja señora que vivía en el
poblado, cerca del desierto.
ORACIÓN
Tú estas presente en mi vida, Señor, y mi corazón se
alegra al saber que eres Padre. Tú eres mi refugio y mi fortaleza. Dios mío.
En Ti confío.
Tú me cubrirás con la palma de tu mano, y no dejarás que
mi pie tropiece. Caminaré sin cansarme hasta la meta con la seguridad de que
Tú serás mi recompensa.
Porque sé que me quieres, me librarás.
Porque sé que me me tratas personalmente me protegerás.
A Ti te puedo invocar porque sé que siempre me escuchas.
Tú estás siempre conmigo aunque mi corazón se olvide de
que me amas.
Tú estás siempre conmigo aunque mi corazón te falle y
comience de nuevo.
Tú estás siempre conmigo aunque mi corazón se canse de
seguir tus pasos.
Tú estás siempre conmigo aunque mi corazón a veces no lo
sienta.
Señor, mi vida te pertenece, la he puesto en tus manos.
Que mi corazón no tema aunque el camino se haga duro.
Tú estás conmigo y mi vida es cosa tuya.
(Salmo 90)

HERMANDAD DE LA SAGRADA MORTAJA
Grupo Joven
GRUPO DE ORACIÓN
A) ORACIÓN
"Señor, no te pido en absoluto
que me libres de los peligros,
sino decisión para afrontarlos.
No te pido que ahorres los dolores,
sino firmeza para soportarlos.
No te suplico, angustiado, la salvación.
Sólo pido esperanza
para ganar, pacientemente, mi libertad.
Pero déjame sentir, Señor, tu mano
que me acompaña
en los momentos difíciles.
B) ORACIÓN PARA UNA PRESENTACIÓN
Un día más, Señor, vengo a Ti con
lo que soy y con mi necesidad de Ti...
... con mis manos que quieren servir a mi hermano y las lleno
de cosas que tan sólo me atan.
... con mis pies que quieren seguir tus huellas y marchan
tras el ritmo de última hora.
... con mi corazón que quiere ser para Ti y en él sólo
existe mi ambición.
... con todo mi ser, que a veces se confunde con el tener.
Hoy quiero abrirme a Ti, abandonando
esos ruidos que a veces apagan tu voz en medio de mi mundo para que de nuevo
sienta que Tú nunca me has abandonado y como Amigo Fiel siempre estás y
estarás a mi lado.

ADOLESCENCIA
Señor, me veo como aprendiz de
hombre, pero también siento nostalgia por abandonar la seguridad de la pasada
infancia.
Tengo miedo de lanzarme al vacío,
de andar por caminos no pisados aún, aunque esto me apasione también.
A veces, Señor, me comparo con las
tormentas de verano, que se fraguaron sin saber cómo ni por qué, en pocos
minutos descargaron sus furias y, tras el nubarrón, se vio de nuevo en el cielo
el brillar del sol.
Soy a esta edad como árbol en
primavera, cuajado de flor y que se abre a la esperanza e ilusión de vivir.
Soy torrente y fuerza arrolladora
que amenaza con arrasar cuanto se opone a su paso.
Pero también me siento débil y
pequeño, con ganas de que alguien se me acerque y me eche una mano.
Tú, mi Dios, ¿te complacerás en
verme todavía turbado y confuso?. ¿Pasarás a mi lado sin decirme ni una
palabra siquiera?. ¿No prestarás atención a mis ruegos?
Mira, Señor, los años de mi
juventud, pero no tengas en cuenta las equivocaciones cometidas, pues estoy
aprendiendo a leer de la vida: usa conmigo según tu misericordia.
"A Dios vamos con lo que somos
y nos acepta así, no de otro modo"
Cfr. "Diálogos sinceros"
Autor: José Luis Hermosilla García.

LOS QUE NO SERVIMOS PARA NADA
Yo estoy seguro de que los hombres
no servimos para nada, para casi nada. Cuanto más avanza mi vida, más descubro
qué pobres somos y cómo todas las cosas verdaderamente importantes se nos
escapan. En realidad es Dios quien lo hace todo, quien puede hacerlo todo. Tal
vez nosotros ya haríamos bastante con no enturbiar demasiado el mundo.
Por eso, cada vez me propongo metas
menores. Ya no sueño con cambiar el mundo, y a veces me parece bastante con
cambiar un tiesto de sitio. Y, sin embargo, otras veces pienso que, pequeñas y
todo, esas cosillas que logramos hacer podrían llegar a ser hasta bastante
importantes. Y entonces, en los momentos de desaliento, me acuerdo de una
oración de cristianos brasileños que una vez escuché y que no he olvidado del
todo, pero que, reconstruida ahora por mí, podría decir algo parecido a esto:
-
Sí, ya sé que sólo Dios puede dar la vida; pero tú
puedes ayudarle a transmitirla.
-
Sólo Dios puede dar la fé, pero tú puedes dar tu
testimonio.
-
Sólo Dios es el autor de toda esperanza, pero tú puedes
ayudar a tu amigo a encontrarla.
-
Sólo Dios es el camino, pero tú eres el dedo que
señala cómo se va a él.
-
Sólo Dios puede dar el amor, pero tú puedes enseñar a
otros como se ama.
-
Dios es el único que tiene fuerza, la crea, la da; pero
nosotros podemos animar al desanimado.
-
Sólo Dios puede hacer que se conserve o se prolongue una
vida, pero tú puedes hacer que esté llena o vacía.
-
Sólo Dios puede hacer lo imposible; sólo tú puedes
hacer lo posible.
-
Sólo Dios puede hacer un sol que caliente a todos los
hombres; sólo tú puedes hacer una silla en la que se siente un viejo
cansado.
-
Sólo Dios es capaz de fabricar el milagro de la carne de
un niño, pero tú puedes hacerle sonreír.
-
Sólo Dios hace que bajo el sol crezcan los trigales,
pero tú puedes triturar ese grano y repartir ese pan.
-
Sólo Dios puede impedir las guerras, pero tú pues no
reñir con tu mujer o tu hermano.
-
Sólo a Dios se le ocurrió el invento del fuego, pero
tú puedes prestar una caja de cerillas.
-
Sólo Dios da la completa y verdadera libertad, pero
nosotros podríamos, al menos, pintar de azul las rejas y poner unas flores
frescas en la ventana de la prisión.
-
Sólo Dios podría devolverle la vida del esposo a la
joven viuda; tú puedes sentarte en silencio a su lado para que se sienta
menos sola.
-
Sólo Dios puede inventar una pureza como la de la
Virgen; pero tú puedes conseguir que alguien, que ya las había olvidado,
vuelva a rezar las tres avemarías.
-
Sólo Dios puede salvar al mundo porque sólo Él salva,
pero tú puedes hacer un poco más pequeñita la injusticia de la que tiene
que salvarnos.
-
Sólo Dios puede hacer que le toque la Primitiva a ese
pobre mendigo que tanto la necesita; pero tú puedes irle conservando esa
esperanza con una pequeña sonrisa y un "mañana será".
-
Sólo Dios puede conseguir que reciba esa carta la vecina
del quinto, porque Dios sabe que aquel antiguo novio hace muchos años que
la olvidó; pero tú podrías suplir hoy un poco esa carta con un piropo y
una palabra cariñosa.
En realidad, ya ves que Dios se
basta a sí mismo, pero parece que prefiere seguir contando contigo, con tus
nadas, con tus casi -nadas.
(Cfr. José Luis Martín Descalzo, "Razones desde la otra
orilla")

PENSAMIENTOS
PARA VIVIR MEJOR
Selección
y comentarios de Amaya Monasterio del Hoyo
-
"No hay deber que descuidemos tanto como el deber de
ser felices"
(R.L. Stevenson)
En la vida de toda persona hay unos deberes y no se nos
olvida pagar la letra del piso, ir a la compra, vestir al niño... pero ser
feliz sí que se nos olvida. En contra de lo que algunos puedan pensar, la
felicidad no nos la tiene que dar la vida, más bien al contrario: la felicidad
está dentro de cada uno, y somos nosotros los encargados de ponerla en cada
segundo de nuestra vida.
"Amigos son los que en los buenos momentos acuden
cuando se les llama, y en los malos sin ser llamados"
(Demetrio I)
Cuando todo va bien, nos salen amigos por todas partes, pero
cuando algo va mal parece como si desaparecieran. Sólo quedan los de verdad,
personas que todavía saben el significado de la palabra "amigo".
"Quien ame de verdad, descubrirá la cruz y el sacrificio "
(Judith A. Merkle)
El amor, si es de verdad, resulta duro. Una vez superada la
pasión, hay que pensar en el otro, salir de uno mismo, darse al otro... y nos
cuesta. Hay que entender, comprender y confiar en que ese amor podrá con todo.
"La experiencia es el peor maestro, hace el examen antes
de explicar la lección"
(Lawrence J. Peter)
Primero hacemos la acción, después sacamos la enseñanza.
Recuerda cuando éramos pequeños y nuestro padre nos daba unos pescozones
sabíamos que lo que acabábamos de hacer no debía hacerse. Aunque sólo fuere
por el dolor que esos pescozones nos habían causado.
"No tenéis otro remedio que optar por la vocación, es
decir, hacer aquello que queráis hacer, porque es lo único que haréis con
ganas " (Gregorio Morán)
En la vida, como en el trabajo. Si no amas lo que realizas,
nunca lo harás bien. Si no amas la vida, nunca vivirás, tan sólo
sobrevivirás.
"La cortesía no cuesta nada y gana mucho "
(Lady Mary Worthey Montagu)
Ese acto, esa contestación, sin ese aire de prepotencia
ganaría más. Se consiguen más cosas con cortesía que con
gritos y malos modos.
(Publicado en revista "Piedad" en marzo de 2001. El
Viso del Alcor)

LA SANTIDAD NUESTRA DE CADA DÍA
Todos
estamos llamados por Jesús para dar lo mejor de nosotros mismos, ser "luz" para
nosotros mismos y para los demás. En nuestro corazón, Dios se hace muy presente,
nos lo ha llenado a rebosar de su mismo Amor.
Pero no nos obliga, no pide nada... pero en el ejemplo de
Cristo nos ofrece un camino para vivir con ese amor, ser felices... aunque eso
nos cree "problemas".
Ser "santos" no es estar todo el día metido en la Iglesia, ni
ser un "cortado" o un aburrido que no sabe divertirse... sino alguien, como
nosotros, que sabe creer descaradamente en el amor y actúa en consecuencia, sin
"arrugarse" ni "venirse abajo" ante las injusticias, "palos", rencores...

MANOS DE SANTO CUALQUIERA
Helas aquí, Velludas, cansadas, ennegrecidas por el trabajo.
Manos de hombre cualquiera. Sin manicura. Con el perfume a pan y queso recién
cortado. Manos para acariciar, temblar, bailar, sufrir. Manos de santo
cualquiera. Sin aureola, sin velas, sin peanas. Que rezan, que abrigan, que
estrechan. Con el mismo estilo que labran la tierra, cogen la pipa y abren la
ventana.
Manos consagradas por lo pequeño, ungidas por el sudor,
transfiguradas por la paciencia.
Manos, en fin, de tan anónimas, desconocidas y entrañables,
unidas a todos los hermanos.
Manos bienaventuradas.

EN DOS PALABRAS
"Me parece a mí que el misterio de la vida es demasiado
importante, demasiado grande y demasiado profundo como para que hagamos otra
cosa que no sea asombrarnos de él. Por lo que a mí respecta, cualquier otra
cosa sería una impertinencia"
(John Huston, director de cine)

LA MISMA
MADERA
Cuando
se apagan los vítores de la mañana rutilante del domingo, sólo hay un hombre
solo que se pierde en el horizonte y un banco vacío: "el banco". Los lugares
hechos para el encuentro acentúan la soledad.
En el banco quedan aleteando las palabras en voz baja, los te
quiero, la luz de un mundo sonriente ahora en el negativo del silencio.
Pero el amor no se ha ido. Sólo sucede que los requiebros
tienen nombre de cruz y el Domingo de Ramos ya es lunes de pasión.
El banco romántico y el patíbulo son de una misma madera. El,
perdido al fondo de la calle con todo el peso de ser hombre sobre su espalda, no
es otro. Es el mismo. Un hombre enamorado.
Pedro Miguel LAMET.

ACTO DE FE
Son
sólo dos y llenan el mundo. Cae la tarde sobre el río, y en ellos amanece la
vida. Sellan su amor encaramados en un simple barandal, todo lo que por ahora
tienen... y son millonarios.
Apenas se conocieron ayer y están estrenando eternidad. El
amor ha nacido en el mundo. Se enciende cada minuto en cualquier rincón, en
cualquier atardecer, en cualquier perdido parque.
De que ellos se entreguen depende el estallido de la vida.
Pero no hay vida verdadera si no existe el amor que dura. Y el amor no es otra
cosa que un mutuo acto de fe. No tiene otra ley ni otra garantía, ni más póliza
de seguros.
Ve sin ver y siente sin medir: un beso tímido en el
claroscuro de la penumbra...
(Pedro Miguel Lamet."El verbo se hizo
imagen")

AMIGOS SON LOS
AMIGOS
Un hombre, su caballo y su perro
caminaban por una calle. Después de mucho andar, el hombre se dio cuenta que
tanto él, como su caballo y su perro habían muerto en un accidente (a veces
los muertos toman tiempo para comprender su nueva condición). La caminata era
muy larga, montaña arriba; el sol era fuerte, y ellos estaban cansados, sudados
y tenían mucha sed. Necesitaban desesperadamente agua. En una curva del camino
vieron una puerta magnífica, toda de mármol, que conducía a una plazoleta con
piso de oro, en el centro de la cual había una fuente de la que manaba agua
cristalina.- El caminante se dirigió al guardián que, dentro de una
ornamentada casilla, vigilaba la entrada.
"Buenos días", le dijo.
"Buenos días", respondió el guardián.
"¿Qué lugar es este, tan lindo?" preguntó el hombre.
"Este es el Cielo", fue la respuesta.
"Qué suerte que llegamos al Cielo! Estamos con mucha sed", dijo el
hombre.
"Pues el señor puede entrar y beber agua a voluntad", contestó el
guardián, indicándole la fuente.
"Mi caballo y mi cachorro también están sedientos", comentó el
hombre.
"Lo lamento mucho", dijo el guardián,"pero aquí no se permite
la entrada a los animales".
"Pero ellos me han acompañado siempre", dijo el hombre.- El guardián
se limitó a menear la cabeza negativamente.
El hombre quedó muy desilusionado,
porque su sed era grande, pero decidió no beber si sus amigos no podían
hacerlo. Así que prosiguió su camino.
Después de mucho caminar montaña
arriba, con sed y cansancio multiplicados, llegaron a un sitio cuya entrada
estaba marcada por una vieja puerta entreabierta. La puerta se abría hacia un
amplio camino de tierra, con verdes árboles a ambos lados que brindaban buen
cobijo del sol. A la sombra de uno de ellos había un anciano de blanca barba,
apoyada sobre el tronco; parecía adormilado, con la cabeza cubierta por un
sombrero. El caminante se aproximó.
"Buenos días", le dijo.
"Buenos días", respondió el anciano.
"Estamos con mucha sed, mi caballo, mi perro y yo. Hay algún lugar donde
podamos encontrar agua?"
"Detrás de aquellos matorrales hay un manantial", contestó el
anciano. "Pueden beber a voluntad".
El hombre, el caballo y el perro
fueron hasta el manantial, y finalmente pudieron calmar la sed y refrescarse. Al
volver hasta donde estaba el anciano, el hombre le agradeció.
"Pueden volver cuando quieran", fue la respuesta.
"A propósito", dijo el caminante, "cuál es el nombre de este
lugar?"
"Están en el cielo", contestó el anciano con una sonrisa.
"¡Pero no es posible!" exclamó el hombre. "El guardián que
estaba al pié de la montaña , junto al gran portal de mármol, nos dijo que el
Cielo era aquel!"
"No, aquello no es el cielo, es el infierno."
El caminante quedó perplejo.-
¡¡¡Pero entonces, esa es una información falsa, y puede causar grandes
confusiones!!!".
"De ninguna manera",
respondió el anciano.- "La verdad es que ellos nos hacen un gran favor,
porque allá se quedan aquellos que son capaces de abandonar a sus mejores
amigos….. "

EL ARTE DE DAR
LO QUE NO SE TIENE
A Gerard Bessiere le ha preguntado
alguien cómo se las arregla para estar siempre contento. Y Gerard ha confesado
cándidamente que eso no es cierto, que también él tiene sus horas de
tristeza, de cansancio, de inquietud, de malestar. Y entonces, insisten sus
amigos, ¿cómo es que sonríe siempre, que sube y baja las escaleras silbando
infallablemente, que su cara y su vida parecen estar siempre iluminadas?. Y
Gerard ha confesado humildemente que es que, frente a los problemas que a veces
tiene dentro, él "conoce el remedio, aunque no siempre sepa utilizarlo:
salir de uno mismo", buscar la alegría donde está (en la mirada de un
niño, en un pájaro, en una flor) y, sobre todo, interesarse por los demás,
comprender que ellos tienen derecho a verle alegre y entonces entregarles ese
fondo sereno que hay en su alma, por debajo de las propias amarguras y dolores.
Para descubrir, al hacerlo, que cuando uno quiere dar felicidad a los demás la
da, aunque él no la tenga, y que, al darla, también a él le crece, de rebote,
en su interior.
Me gustaría que el lector sacara de
este párrafo todo el sabroso jugo que tiene. Y que empezara por descubrir algo
que muchos olvidan: que ser feliz no es carecer de problemas, sino conseguir que
estos problemas, fracasos y dolores no anulen la alegría y serenidad de base
del alma. Es decir: la felicidad está en la "base del alma", en esa
piedra sólida en la que uno está reconciliado consigo mismo, pleno de la
seguridad de que su vida sabe adónde va y para qué sirve, sabiéndose y
sintiéndose nacido del amor. Cuando alguien tiene bien construida esa base del
alma, todos los dolores y amarguras quedan en la superficie, sin conseguir minar
ni resquebrajar la alegría primordial e interior.
Luego está también la alegría
exterior y esa depende, sobre todo, del "salir de uno mismo". No puede
estar alegre quien se pasa la vida enroscado en sí mismo, dando vueltas y
vueltas a las propias heridas y miserias, autocomplaciéndose. Lo está, en
cambio, quien vive con los ojos bien abiertos a las maravillas del mundo que le
rodea: la Naturaleza, los rostros de sus vecinos, el gozo de trabajar.
Y, sobre todo, interesarse
sinceramente por los demás. Descubrir que los que nos rodean "tienen
derecho" a vernos sonrientes cuando se acercan a nosotros mendigando
comprensión y amor.
¿Y cuando no se tiene la menor gana
de sonreír? Entonces hay que hacerlo doblemente: porque lo necesitan los demás
y lo necesita la pobre criatura que nosotros somos. Porque no hay nada más
autocurativo que la sonrisa. "La felicidad -ha escrito alguien- es lo
único que se puede dar sin tenerlo". La frase parece disparatada, pero es
cierta: cuando uno lucha por dar a los demás la felicidad, ésta empieza a
crecernos dentro, vuelve a nosotros de rebote, es una de esas extrañas
realidades a las que sólo podemos acercarnos cuando las damos. Y éste puede
ser uno de los significados de la frase de Jesús: "Quien pierde su vida,
la gana", que traducido a nuestro tema podría expresarse así: "Quien
renuncia a chupetear su propia felicidad y se dedica a fabricar la de los
demás, terminará encontrando la propia". Por eso sonriendo cuando no se
tienen ganas, termina uno siempre con muchísimas ganas de sonreír.
José Luis Martín Descalzo

ALGUIEN SABE
QUE SOY UN TESORO
" No me elegisteis vosotros a mí. Fui Yo quien os escogí a
vosotros, y os he puesto para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto
permanezca, de modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo
dé"
Yo poseo un tesoro
que es lo que más quiero en la vida.
Revivo de nuevo los hechos que me permitieron
descubrirlo...
Pienso en la historia de mi vida
desde que hallé dicho tesoro...
lo que este ha hecho...y ha significado para
mí.
Me sitúo ante dicho tesoro
(Dios, o Jesucristo,o una convición, un valor, un
ideal,
o una persona, una tarea, una misión...)
y digo: "De todo cuanto poseo, tú eres lo que más
quiero".
Y veo lo que me ocurre
cuando pronuncio estas palabras...
Pienso en lo mucho que con gusto
haría...
o daría (tal vez hasta la propia vida)
para conservar este tesoro.
Y si no es así de importante, lo reconozco con
tristeza...
y espero que llegue un día
en el que habré de hallar un tesoro
por el que esté dispuesto a renunciar a
todo
con absoluta alegría.
Yo soy un tesoro.
Algún día, en algún lugar, alguien me
descubrió.
No tendría yo conciencia de mi valor
si alguien no me lo hubiera descubierto.
Recuerdo y revivo los detalles del
hallazgo...
Soy un tesoro con muchas piedras
preciosas.
Había muchas cosas ocultas en mí
que diferentes personas sacaron a la luz
y me las revelaron.
Las examino todas ellas con alegría
y recuerdo con agradecimiento
a las personas que las
descubrieron.
Por último, me pongo delante de Jesús
y, para mi sorpresa, descubro que Él me considera
un tesoro...
Veo reflejadas en sus ojos
las múltiples facetas hermosas
que sólo Él podía haber observado en
mí...
y descanso en el amor que Él me da.
(A. de Mello, S.I. "El manantial")

ESCRIBIR EN CRISTIANO
MOZO DE EQUIPAJE
El otro día vinieron a
entrevistarme unos estudiantes de periodismo para no sé qué revista juvenil, y
me preguntaron: "Y tú, ¿no te cansas nunca de dar alientos a los
demás?" Les dije que sí, que me cansaba por lo menos tres veces al día.
Lo que ocurría es que también por lo menos cinco veces al día sentía la
necesidad de no convertir en estéril mi vida y aún no había encontrado otra
tarea mejor que esa.
Y cuando los muchachos se fueron, me
puse a pensar en un viejo amigo mío que era mozo de equipajes de Valladolid.
Debía de tener más o menos la edad que yo tengo ahora, pero entonces a mí me
parecía muy viejo. Pero lo asombroso era su permanente alegría. No sabía
hacer su trabajo sin gastarte una broma, y cuando te hacía un favor, parecía
que se lo hubieses hecho tú a él. Un día le pregunté: "Y tú, ¿cuándo
te vas de vacaciones?" Se rió y me dijo: "Me voy un poco en cada
maleta que subo para los que se van hacia la playa."
Él sonreía, pero fui yo quien se marchó desconcertado. Nunca había pensado
en lo dramático de esa vocación de alguien que se pasa la vida ayudando a
viajar a los demás, pero él se queda siempre en el andén, viendo partir los
trenes donde los demás se van felices, mientras él sólo saborea el sudor de
haberles ayudado en esa felicidad.
¿Sólo el sudor? No se lo dije a mi
amigo el mozo de equipajes porque se hubiera reído de mí y me hubiera
explicado que el sudor le quedaba por fuera, mientras por dentro le brotaba una
quizá absurda, pero también maravillosa, satisfacción.
Desde entonces pienso que todos los
que sienten vocación de servicio –sea la que sea su profesión- son un poco
mozos de equipajes. Y que todos sienten esa extraña mezcla de cansancio y
alegría. Al fin me parece que en la vida no hay más que un problema: vives
para ti mismo o vives para ser útil. Vivir para ser útil es caro, hermoso y
fecundo.
Claro, desde luego. Todos somos
egoístas. Al fin y al cabo, ¿qué queremos todos sino ser queridos? Por mucho
que nos disfracemos, nuestra alma lo único que hace es mendigar amor. Sin él
vivimos como despellejados. Y se vive mal sin piel.
Por eso el mundo no se divide en egoístas y generosos, sino en egoístas que se
rebozan en su propio egoísmo y en otros egoístas que luchan denodadamente por
salir de sí mismos, aun sabiendo que pagarán caro el precio de preferir amar a
ser amados.
Recuerdo haber escrito hace años un
extraño poema en el que me imaginaba que, por un día, Cristo se dedicaba a
hacer los milagros que a él le gustaban y no los puramente prácticos que la
gente le pedía. Y que, en un camino de Palestina, una muchacha hermosísima se
presentaba ante Él planteándole la más dolorosa de las curaciones: ella era
tan bella, que todos la querían, pero ella no quería a nadie. Deseada por
todos, arrastraba una belleza inútil e infecunda. Y le pedía a Cristo el mayor
de los milagros: que la concediera el don de amar. Cristo, entonces, la miraba
con emoción y compasión y le preguntaba: "¿Sabes que si amas tendrás
que vivir cuesta arriba?" La muchacha respondía: "Lo sé, Señor,
pero lo prefiero a este gozo muerto, a esta felicidad inútil." Ahora
Cristo le sonreía y le decía: "Ea, levántate y ama, muchacha. Entra en
el mundo terrible de los que han preferido amar a ser amados." Y la
muchacha se alejaba con el alma multiplicada, dispuesta a nadar felizmente a
contracorriente de la vida.
La fábula seguramente es
disparatada, pero verdaderísima. Porque –los recientes enamorados lo saben-
amar a la corta es dulcísimo; a la larga, cansado; más a la larga,
maravilloso.
¿Cansado por qué? Cansado porque
siempre nos sale entre las costillas el viejo egoísta que somos y nos grita
tres veces cada día que nadie va a agradecernos nuestro amor –es mentira,
pero el viejo egoísta nos lo dice-; porque saca además aquel viejo argumento
del ¿y a ti quien te consuela? Un falso planteamiento: porque el problema no es
si nuestro amor nos reporta consuelo, sino si el mundo ha mejorado algo gracias
a nuestro amor.
Pero claro que es difícil aceptar
que nuestro veraneo está en esas maletas de esperanza que hemos subido en el
tren de los demás. Para ello hace falta creer en serio en los demás. Y eso
sólo lo hacen a diario los santos. Por eso, si yo fuera Papa canonizaría
corriendo a mi amigo el mozo de equipajes de Valladolid.
José Luis Martín Descalzo
("Razones para el amor")


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